martes, 26 de junio de 2012

FIN DE CURSO



Hil.
¡Vaya tarde de conciertos!, don Sebastián.

Sebas,
¿Buena?

Hil,
¡Buenísima!

Sebas.
Noto cierta ironía en sus palabras. Y, conociéndole, me temo lo peor.

Hil.
Va usted por buen camino.

Sebas.
Cuente, cuente.

Hil.
Allá voy. El viernes tarde fui al variopinto concierto con que la escuela de música donde estudian mis sobrinas-nietas, da por concluido el curso académico.

Sebas.
Ya. Uno de esos actos destinados a mostrar a las familias el progreso estudiantil de sus niños.

Hil.
Digámoslo así. Aunque también es un momento para que padres y demás suelten la lagrimita al ver el pedazo de artista que lleva dentro su niño. Un concierto que sirve también para justificar la inversión económica que supone estudiar música. Un acto para presumir ante parientes y amigos, para hacer fotos o películas con toda clase de artilugios tecnológicos: cámaras, tabletas, móviles … Un acto, también, para mostrar que la mayoría de los asistentes no sabe comportarse adecuadamente en un concierto.

Sebas.
Usted, siempre tan exigente.

Hil.
Pues claro, como debe ser. En un concierto, lo más importante es la música. Es como la botica: en una medicina, lo importante es el principio activo, lo que cura; no si tiene forma de corazón o de rosa de pitiminí.

Sebas.
De acuerdo, dejémoslo ahí. ¿Qué tal el concierto?

Hil.
Largo, muy largo. Casi como una ópera de Wagner.

Sebas.
Normal. En estas ocasiones tienen que intervenir todos los estudiantes, al margen de su nivel. Pero, ¿qué tal sus niñas?

Hil.
Estupendas. Las mejores.

Sebas.
Claro. ¡Qué va a decir su tío-abuelo!

Hil.
No, don Sebastián, no. Ya me conoce usted y sabe que en ciertas cuestiones procuro ser tan exigente como ecuánime, aunque llegado el caso pueda ser muy diplomático.

Sebas.
Lo sé.

Hil.
Como le digo. ¡Excelente! Se portaron como debe ser; esperaron su turno escuchando con atención a sus compañeros de escuela, en lugar de andar correteando de un lado a otro por el salón, ante la mirada ciega de sus padres … Y cuando tocaron … ¡Ah, don Sebastián! ¡Me acordé de usted! ¡Seguro que hubiera disfrutado! ¡Qué podría decirle!

Sebas.
Diga, diga … Ya sabe usted que recordar es volver a vivir.

Hil.
Pues mire. Marina tocó con un sentido del ritmo increíble. La pieza elegida requiere una mano izquierda exacta y firme, porque es ella la que construye el edificio sonoro. Y la de Marina, todavía pequeña y con algún problema para alcanzar intervalos grandes, es como un reloj: precisa, exacta en la dinámica … casi diría que implacable, si no fuera porque este adjetivo es poco musical.

Sebas.
¿Y Marta?

Hil.
Es otro carácter, también muy musical. Mire usted. Tocó una pieza poco adecuada para este tipo de conciertos en los que la gente espera cosas melódicas, alegres y resultonas. A pesar de no ser así, supo sacar de la partitura un colorido dinámico sorprendente en una estudiante tan joven. Eso demuestra una especial sensibilidad.

Sebas.
Entonces, todo perfecto.

Hil.
Exacto. Como le cuento.  Ovaciones cerradas para las dos y felicitaciones de propios y extraños. Pero …

Sebas.
Pero, ¿qué?

Hil.
Pues lo que usted se imagina. En estos casos siempre hay algún garbanzo negro.

Sebas.
Ya. No todo el mundo tiene las condiciones de sus niñas, pero no me negará que suelen ponerle mucha voluntad.

Hil.
Si … Mala voluntad. Mire usted, don Sebastián, cuando a uno le falta afinación, fuelle, dicción y volumen; cuando no tiene cuadratura, no olida uno al pianista que le acompaña y no respeta la duración relativa de las notas y los silencios, es mejor que no cante.

Sebas.
Bueno, hombre … es una fiesta de fin de curso.

Hil.
¿Fin de curso? Para algunos debería ser ¡fin de carrera! O sea, que no siga por ese camino. ¿Me puede usted explicar por qué una jovencita se empeña en cantar una romanza a cuyos agudos no llega ni por casualidad? ¿Es que no hay canciones adecuadas a sus posibilidades?

Sebas.
Le encuentro a usted un poco dolido.

Hil.
Un poco, sí. Ya sabe que en cuestiones de música…

Hil.
Sea usted un poco condescendiente, don Hilarión. La gente necesita expansionarse de vez en cuando, descargar sus tensiones internas, olvidarse de sus problemas de tarde en tarde. Cada uno lo hace como mejor se le ocurre, utilizando los medios de que dispone. Recuerde aquello de “también la gente del pueblo tiene su corazoncito”.

Sebas.
No me nombre usted al Julián ese, que bastante mal me lo hizo pasar. Total porque a mí me gustan las hijas de Eva.

Hil.
Lo sé, lo sé … pero ni usted ni yo estamos ya en edad.

Sebas.
Triste pero cierto. Por eso ya no lo intento, porque sólo hay una cosa peor que el fracaso: el ridículo.


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