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lunes, 17 de diciembre de 2012

¿DE QUÉ VA?



 
Filosofías de barbero.
 
Cuando un amigo nos recomienda que leamos una novela, solemos preguntar: ¿De qué va? ¿De qué trata? Como respuesta nos ofrecen un resumen, una sinopsis o una explicación tan escueta como un enunciado: es una novela histórica, de aventuras, romántica… A veces el amigo, con la mejor intención nos proporciona algunos momentos claves del libro, incluso no falta quien nos destripa el final.

Con estas informaciones determinamos si leeremos o no el libro ofrecido, lo que viene a significar que leemos lo que nos gusta. O dicho de otro modo, rechazamos lo que no nos gusta. Si no me interesa la historia no leeré la biografía de un rey; si las historias de amor me parecen niñerías, no emplearé tiempo en leer una novela rosa; si no creo en la fuerza de la imaginación, no me interesaré por una novela de ciencia ficción.


Es este un tema muy interesante que invita a pensar y al que deberíamos dedicar un poquito de tiempo, aunque tengamos que quitárselo a la televisión.

Esto de saber de antemano “de qué va” puede aplicarse, además de a la literatura, a otras artes: la pintura, el teatro o el cine. Pero no a la música, porque el arte de los sonidos no tiene un tema directo. Por mucho que los profesionales, los filósofos o los más cultos melómanos lo propaguen en las múltiple definiciones de la música, ésta no tiene un tema como lo tiene una novela, una obra teatral o un cuadro. Nadie puede decir “de qué va” la Sinfonía 40  de Mozart, o el Concierto para violín de Chaikovsky, o un Cuarteto de Beethoven.

Ni siquiera la música vocal tiene “tema”. El tema lo da el texto al que el compositor ha dotado de sonido, pero no el sonido por sí mismo. Pruebe usted, amigo lector, a escuchar una música cantada que nunca haya oído con un texto que no comprenda. Imagine una melodía delicada, envolvente, acariciadora, tranquila, que le transmite paz y sosiego. ¿Qué es? ¿Una declaración amorosa o una canción de cuna?-

Oiga ahora, en su cabeza, una música machacante, dura, con toda clase de aristas sonoras, disonante en la que se oyen palabras o frases aisladas que no comprende. ¿Cuál es su tema? ¿La expresión de un castigo divino, o el retrato sonoro de un pueblo esclavizado por un violento dictador?

La “temática” de una música vocal la da el texto y lo que a él asociamos, Si alguien nos invita a escuchar el Réquiem de Verdi, nuestro intelecto pensará en la muerte, lo haga como lo haga. Y “verá” en esa música miedo si es que teme a la muerte, sosiego y paz si cree en una vida más allá de esta, oración si es verdaderamente religioso. Son imágenes o ideas sugeridas por el título de la obra, por el conocimiento de cómo y para qué nació, elementos exteriores a la música.

Tampoco tiene “tema” la música que llamamos programática, es decir aquella con la que el compositor pretende describir algo de lo que nos informa. Cuando Ricardo Strauss escribe la Sinfonía Alpina intenta describir una excursión por la montaña, pero se apoya en un texto para explicarnos la intención y los detalles de la ascensión a la cumbre.

Cuando Berlioz compone su Sinfonía fantástica escribe un texto para informar de las vivencias que ha colocado en su música. Pero la música sigue sin tener “tema”. La marcha al cadalso de la Fantástica describe el suplicio de un enamorado rechazado (porque el compositor lo sugiere por escrito), no el paseo al patíbulo de un asesino de niños.

Si no lo supiéramos de antemano, ¿“veríamos” un río en El Moldava, de Smetana?

Piense en esta otra  música y conteste a la pregunta: el apasionado arranque de la cuerda que lleva al tema principal del Romeo y Julieta de Chaikovsky, ¿qué “tema” expresa? ¿El intenso amor romántico de dos jóvenes apasionados o la culminación sonora de una explosión orgásmica?

La música no tiene tema; no podemos decir de ella “de qué va”. Cuando la clasificamos, lo hacemos apoyándonos en elementos externos a la propia música que buscan, con la mejor intención, orientarnos sobre sus características y su apariencia. Estas prácticas tienen su utilidad, nadie lo discute, pero la música que asociamos a cada grupo no provoca sensaciones similares en distintos oyentes. ¿Usted cree que un republicano acérrimo considerará patriótico un himno monárquico?

Quizá a esta cualidad “atemática” deba la música su universalidad; puede que sea la razón de que nos emocione, nos guste y  nos sorprenda la música alejada de nuestra tierra, de nuestras creencias políticas y religiosas, de nuestra raza o de nuestra cultura.

Eso que nos llevamos por delante.


Lamparilla


(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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