Filosofías de barbero.
Cuando un amigo nos recomienda
que leamos una novela, solemos preguntar: ¿De qué va? ¿De qué trata? Como
respuesta nos ofrecen un resumen, una sinopsis o una explicación tan escueta
como un enunciado: es una novela histórica, de aventuras, romántica… A veces el
amigo, con la mejor intención nos proporciona algunos momentos claves del
libro, incluso no falta quien nos destripa el final.
Con estas informaciones
determinamos si leeremos o no el libro ofrecido, lo que viene a significar que
leemos lo que nos gusta. O dicho de otro modo, rechazamos lo que no nos gusta.
Si no me interesa la historia no leeré la biografía de un rey; si las historias
de amor me parecen niñerías, no emplearé tiempo en leer una novela rosa; si no
creo en la fuerza de la imaginación, no me interesaré por una novela de ciencia
ficción.
Es este un tema muy interesante
que invita a pensar y al que deberíamos dedicar un poquito de tiempo, aunque
tengamos que quitárselo a la televisión.
Esto de saber de antemano “de qué
va” puede aplicarse, además de a la literatura, a otras artes: la pintura, el
teatro o el cine. Pero no a la música, porque el arte de los sonidos no tiene
un tema directo. Por mucho que los profesionales, los filósofos o los más cultos
melómanos lo propaguen en las múltiple definiciones de la música, ésta no tiene
un tema como lo tiene una novela, una obra teatral o un cuadro. Nadie puede
decir “de qué va” la Sinfonía 40 de Mozart, o el Concierto para violín de Chaikovsky, o un Cuarteto de Beethoven.
Ni siquiera la música vocal tiene
“tema”. El tema lo da el texto al que el compositor ha dotado de sonido, pero
no el sonido por sí mismo. Pruebe usted, amigo lector, a escuchar una música
cantada que nunca haya oído con un texto que no comprenda. Imagine una melodía
delicada, envolvente, acariciadora, tranquila, que le transmite paz y sosiego.
¿Qué es? ¿Una declaración amorosa o una canción de cuna?-
Oiga ahora, en su cabeza, una
música machacante, dura, con toda clase de aristas sonoras, disonante en la que
se oyen palabras o frases aisladas que no comprende. ¿Cuál es su tema? ¿La
expresión de un castigo divino, o el retrato sonoro de un pueblo esclavizado
por un violento dictador?
La “temática” de una música vocal
la da el texto y lo que a él asociamos, Si alguien nos invita a escuchar el Réquiem de Verdi, nuestro intelecto
pensará en la muerte, lo haga como lo haga. Y “verá” en esa música miedo si es
que teme a la muerte, sosiego y paz si cree en una vida más allá de esta,
oración si es verdaderamente religioso. Son imágenes o ideas sugeridas por el
título de la obra, por el conocimiento de cómo y para qué nació, elementos
exteriores a la música.
Tampoco tiene “tema” la música
que llamamos programática, es decir aquella con la que el compositor pretende
describir algo de lo que nos informa. Cuando Ricardo Strauss escribe la Sinfonía Alpina intenta describir una excursión por la
montaña, pero se apoya en un texto para explicarnos la intención y los detalles
de la ascensión a la cumbre.
Cuando Berlioz compone su Sinfonía fantástica escribe un texto
para informar de las vivencias que ha colocado en su música. Pero la música
sigue sin tener “tema”. La marcha al cadalso de la Fantástica describe el suplicio de un enamorado
rechazado (porque el compositor lo sugiere por escrito), no el paseo al
patíbulo de un asesino de niños.
Si no lo supiéramos de antemano,
¿“veríamos” un río en El Moldava, de
Smetana?
Piense en esta otra música y conteste a la pregunta: el
apasionado arranque de la cuerda que lleva al tema principal del Romeo y Julieta de Chaikovsky, ¿qué
“tema” expresa? ¿El intenso amor romántico de dos jóvenes apasionados o la
culminación sonora de una explosión orgásmica?
La música no tiene tema; no
podemos decir de ella “de qué va”. Cuando la clasificamos, lo hacemos
apoyándonos en elementos externos a la propia música que buscan, con la mejor
intención, orientarnos sobre sus características y su apariencia. Estas
prácticas tienen su utilidad, nadie lo discute, pero la música que asociamos a
cada grupo no provoca sensaciones similares en distintos oyentes. ¿Usted cree
que un republicano acérrimo considerará patriótico un himno monárquico?
Quizá a esta cualidad “atemática”
deba la música su universalidad; puede que sea la razón de que nos emocione,
nos guste y nos sorprenda la música
alejada de nuestra tierra, de nuestras creencias políticas y religiosas, de
nuestra raza o de nuestra cultura.
Eso que nos llevamos por delante.
Lamparilla
(Todo esto es
consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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