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jueves, 24 de enero de 2013

ZARZUELAS DE TERROR


Hil,
Buenos días, don Sebastián. Perdone mi retraso, pero un compromiso profesional ineludible me ha entretenido algo más de lo que esperaba.

Seb.
¿Algún problema?

Hil.
Ya no;  he podido llevarle a mi suegra las dos aspirinas que tomada cada día.

Seb.
Bueno, si es para atender a su señora madre, está usted disculpado.

Hil.
Madre política, don Sebastián. ¡Política!  Ya ve usted que no hay manera de librarse de la política.

Pero dejemos el tema y a lo nuestro.


¡Que buenos ratos he pasado recordando nuestra charla del otro día sobre la zarzuela de casquería! ¡Cuántas ideas y situaciones venían a mi cabeza! ¡Escenas enteras! Grandes e imponentes salas de justicia; tribunales hoscos y huraños, jueces y magistrados adornados con exquisitas puñetas bordadas a mano y la cabeza cubierta con pelucas de diseño y firma; abogados sibilinos capaces de retorcer la ley y jugar al escondite con ella, aprovechando que es ciega; criminales desmemoriados, que nada recuerdan del día o la noche de autos; coros de vociferantes mujeres pidiendo la cabeza del asesino, que se convierten, en un instante, en beatas enlutadas rezando por su alma; decretos de gracia que llegan tarde a causa de la proverbial lentitud de la administración …

Seb.
O sea, que lo ha tomado usted por la vía humorística. ¡Menos mal!

Hil.
Naturalmente. No querrá usted que lo tome en serio. Aunque a mucha gente le gusten las historias de crímenes sangrientos, a mí me parece que no es bueno darles demasiada publicidad. No conviene alimentar al mal bicho que llevamos dentro porque puede crecer, y mucho menos dar ideas a quienes no se le ocurren.

Mire usted, cuando me entero de un suceso de este tipo, siempre pienso que deben funcionar a tope la policía y la justicia, para aclararlo y castigarlo. Pero no la televisión, ni la vecina de los rulos y la bata.

Seb.
Quizá por esa idea suya no haya crímenes cruentos en nuestra zarzuela.

Por cierto, ¿se ha dado usted cuenta de que tampoco tenemos zarzuelas de terror? Esto me extraña.

Hil.
No le falta a usted razón, como siempre. No recuerdo ninguna obra zarzuelera de terror. Representaciones terroríficas y horribles, ¡bastantes! … pero obras …

Y, dígame, ¿por qué le extraña?

Seb.
Verá usted. Está comprobado, estadísticamente, que uno de los temas de mayor interés para los consumidores de cine es el miedo, el terror. Cuando más, mejor.

Las salas se llenan de gritos, de sobresaltos, de alternaciones del pulso, de corazones al borde del infarto, de buscar refugio tras las butacas y hasta de cerrar los ojos para no ver eso por lo que se ha pagado un buen dinero.

Todo un mundo de personajes reales o imaginarios pueblan las carteleras: asesinos en serie capaces de matar con cualquier arma, chisme o herramienta; vampiros sádicos ávidos de sangre humana o simples murciélagos sentimentaloides y enamoradizos. bichos horrorosos y desagradables que matan más de susto que por violencia; extraterrestres de extrañas formas pero con una única obsesión: comernos…

Mire usted hasta donde hemos llegado, que esa fiesta insulsa de “halogüin” ha conquistado a nuestros niños, jóvenes y adultos y los han abducido completamente. Niños disfrazados de fantasmitas o desagradables monstruos; jóvenes llenos de sangre por todas partes, rostros encaretados con heridas y pústulas, como si no tuvieran bastante con el acné de su etapa púber; maquillajes horribles que ocultan la belleza natural de nuestras mozas… todo con la única idea de asustar, de meter el corazón en un puño a los demás.¡Estamos invadidos!

Hil.
Es verdad. Y la zarzuela no se ha ocupado del asunto. Y no será porque nos falte materia prima.

Estará usted conmigo, don Sebastián, en que si nosotros echamos manos de matarifes asesinos, chupacabras, hombres del saco, trasgos, engendros, hombres loco, duendes, aparecidos y resucitados, lo del “halogüin” ese se queda en nada.

Seb.
Desde luego. Y se le olvida a usted nada menos que la tétrica procesión de la Santa Compaña. ¡Qué imagen más teatral el paso de esos espíritus que barruntan la muerte de aquel a quien vistan!

¿Los ve usted desfilando por entre las gentes del patio de butacas?

Hil.
¡Qué espectáculo! ¡Y usted y yo contemplándolo desde el primer piso! ¡Por si acaso!

Seb.
¿Y qué me dice de los cantantes? Ya estoy viendo a cierto barítono rijoso. vestido de espectro maligno, con la mirada entre torva y lasciva, metiendo el miedo en el cuerpo a la delicada y angelical soprano. A ver si así …

Hil.
Claro, claro; pero luego vendrá el tenor cargado de cruces, amuletos y reliquias y conjure a todas las fuerzas malignas.

La verdad es que alguna zarzuela de terror podría dar juego.

Seb.
Sobre todo a usted.

Hil.
¿Cómo?

Seb.
Perdóneme, don Hilarión. Pero imagino que en su botica habrá más de cuatro remedios para tranquilizar ansiedades, regular taquicardias y suavizar angustias.

Hil.
¡Cómo es usted, don Sebastián! Yo sólo pensaba en una nueva posibilidad artística para darle algo de vidilla al género.

Seb.
Ya, ya.


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