domingo, 11 de marzo de 2018

Muerte de la ópera.




Seb.
Buenos días, Don Hilarión.

Hil.
Buenos, muy buenos; sí señor.

Seb.
Es evidente que viene usted satisfecho y contento.

Hil.
¡Y tanto! Me encuentro más ancho que largo; como vulgarmente se dice.

Seb.
No le pregunto la causa porque estoy seguro de que usted va a decírmelo.

Hil.
¡Claro! Usted es mi amigo, Don Sebastián, mi contertulio más destacado y, en consecuencia, me siento obligado a hacerle partícipe de mis alegrías.
  
Seb.
Y la de hoy es …

Hil.
Que me he desayunado leyendo en un artículo de un pendolista, que responde al nombre de Arnoldo Liberman, una frase que expresa, con claridad meridiana, mi opinión sobre la situación de la zarzuela. Escuche usted con atención la expresión: “El director de escena ha matado a la ópera”.

Seb.
¿Ha dicho usted “a la ópera”?

Hil.
Si, sí, lo sé. Pero en este caso, ópera y zarzuela son lo mismo.

Seb.
Ya entiendo …

Cementerio de Mnotmatre (París=


Hil.

Puede usted imaginar que leer esta frase y llenárseme el alma de alegría ha sido uno.

Seb.
Claro. Es una acción que responde a una elemental reacción sicológica de la especie humana. Cuando uno conoce una opinión similar a la propia, experimenta una satisfacción interior, directamente proporcional a la personalidad social asignada a la persona ajena que la ha enunciado.


Hil.
¡Caramba, Don Sebastián! ¡Me deja usted patidifuso! ¡No le creía tan enterado de cuestiones sicológicas de las personas humanas!

Seb.
No tiene importancia. Es porque llevo unos días asistiendo a unos cursos vespertinos sobre comportamientos básicos del ciudadano común.

Hil.
¡Acabáramos!

Seb.
No, estamos empezando. Pero dejemos esto a un lado. Dice usted que el director de escena ha matado a la ópera...

Hil.
No lo digo yo, aunque comparto la opinión, si hacemos extensivo el pensamiento a la zarzuela.

Seb.
Y, ¿quién es el responsable de la oración gramatical?

Hil.
Un sujeto que tiene vergüenza, pundonor y lo que hay que tener. Un famoso y respetado director de orquesta australiano.

Seb.
¿Qué se llama?

Hil.
En australiano Richard, pero me ha caído tan bien que voy a llamarle Ricardo, me resulta más cariñoso y amigable. Ricardo, Ricardo Bonynge.

Seb.
¡Ah, sí! Richard Bonynge, Le conozco. Quiero decir que conozco su trabajo, vamos que he oído alguno de sus discos y sé que ha dirigido en los grandes teatros del mundo. Y, dígame, ¿el óbito ha sido homicidio o asesinato? Porque no es lo mismo…

Hil.
¿Qué pasa, Don Sebastián? ¿Es que también va usted a cursos de Derecho elemental? ¡Pal caso, da igual asesinato que homicidio! El asunto es que hay un muerto y un ejecutor, el director de escena, dicho así, en genérico.

Seb.
Bueno, bueno, amigo mío. No se exalte. Es que con esto del curso sociológico me estoy volviendo más analítico que un miembro de botica. Y usted perdone.

Hil.
¡Déjese de bromas! Aquí lo relevante es que un importantísimo personaje de la música, un gran director de orquesta, un músico de prestigio universal, denuncia una situación que usted sabe que no me agrada, que me parece un despropósito absoluto y un atentado ético contra los derechos morales de los autores y una agresión contra la cultura.

Seb.
Bueno, no sé, yo he oído que ese colectivo que hemos dado en llamar “director de escena” lo que busca es evolucionar el espectáculo de la ópera para adaptarlo al momento actual, socio-político-económicamente hablando.

Hil.
¡Bah! ¡Paparruchas! La ópera, como la zarzuela, es música y por lo tanto nunca, escuche usted bien, nunca es “siempre lo mismo”. Lo que es siempre lo mismo es la pintura o la escultura y no por eso vamos a poner minifalda a las meninas de Velázquez. Eso sin considerar que uno, como oyente y espectador, tampoco es “siempre lo mismo”.

Seb.
Pero, Don Hilarión, estará usted conmigo en que algunos cambios …

Hil.
No rasque usted, Don Sebastián. No hace falta. La obra de arte es como es. Y hay que disfrutar de ella según su naturaleza intrínseca. A nadie, en su sano juicio, se le ocurriría representas a las Tres gracias, de Rubens, rollizas y voluminosas, como tres sílfides esqueléticas de nuestra época.

No hay justificación, a mi entender. La ópera, la zarzuela, el teatro .. es convencionalismo. Lo que uno ve en un escenario no es real. Fíjese si no lo será que Violeta, la de La traviata, muere triste y desesperada …¡y canta al día siguiente! ¡Y sin que la reanimen los del SAMUR!

Seb.
Ya, ya, claro. Estaría bueno que …

Hil.
Pues eso. Que es mejor dejar las cosas como son, que el teatro griego debe ser teatro griego (menos en lo del idioma, porque apañados iríamos), y no una pachanga politiquera o reivindicativa.

Que el teatro clásico español debe ser clásico; Lope de Vega es Lope de Vega. Y punto.

Que la ópera y la zarzuela son lo que sus autores hicieron, Con sus luces y sus sombras, con sus errores y sus aciertos. Con sus éxitos y sus  fracasos.

Seb
Ay, amigo mío! Bien sabe usted que comulgo con estas ideas, pero, de vez en cuando me gusta provocarle. Le pido perdón, pero es que cuando se exalta, le sale el coraje que tiene escondío.


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