Fue Miguel Pastorfido, dramaturgo y libretista de zarzuela de cierta
relevancia, murió en Madrid de un aneurisma del corazón el 8 de enero de 1877.
Hasta aquí nada de particular, pero...
En La Correspondencia de España, pudo leerse al día
siguiente: “Hoy debía haberse verificado el entierro del conocido autor dramático
señor Pastorfido encontrado con todos los síntomas de la muerte en su
casa–habitación (Garduña, 5) en la madrugada de ayer. El entierro no se ha
llevado a efecto porque los que acompañaban al cadáver, al abrir la caja en el
cementerio de la Patriarcal,
creyeron notar señales de vida en el cuerpo que suponían exánime. Entre otras,
observaron que conserva flexibilidad en los músculos, las orejas encarnadas,
alguna transparencia en la fisonomía y falta absoluta de rigidez en las
extremidades, En vista de esto ha quedado en depósito el que no se sabe si ha
muerto todavía, custodiado por dos hombres en la sala del cementerio. Mañana a
primera hora volverá a ser reconocido...”.
Y el Diario del día siguiente
añadía: “Esta tarde, a las tres, se ha verificado el entierro del malogrado militar y conocido
poeta señor Pastorfido”. Fue reconocido de médicos que dijeron haber observado
en él 10 señales de descomposición; pero “tan grande era la preocupación de
algunas personas respecto al estado del señor Pastorfido, que el hombre que le
vigilaba en el depósito se salió a las ocho, negándose a continuar al lado del
cadáver, porque le parecía que quería hablarle, según era la expresión de
semblante del muerto”.
Bien
puede aplicarse aquí aquello de “las apariencias engañan”.
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