domingo, 13 de marzo de 2016

UNA AVENTURA DE PINOCHO.


Pinocho  (Ópera en dos actos de Paolo Madron. Música de Pierangelo Valtinoni). Ruth González (Pinocho). Gerardo Bullón (Gepeto). Miren Urbieta-Vega (El Hada). José Manuel Muruaga (Tragafuego). Miembros del Coro de Voces Blancas Anya Amara. Alumnos del Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma. Orquesta de la Comunidad de Madrid.
Escenografía: Alejandro Andújar. Vestuario: Pepe Corzo. Coreografía: Inma Sáenz. Dirección de escena: Guillermo Amaya. Dirección musical: Cristóbal Soler. Auditorio de la Universidad Carlos III, Leganés,  10-3-2016.


ECaracol, el Hada y Pinocho enfermo (T. Zarzuela)
Con carácter de estreno en España se presentó esta ópera escrita por Paolo Madron (Vicenza, 1946 )
en adaptación castellana de Pablo Valdés Sánchez, con música de Pierangelo Valtoni (Montecchio Maggiore, 1959), que nos presenta una aventura fantástica de Pinocho, la marioneta de madera que cobra vida según la historia original de Carlo Collodi. Unos 80 minutos de música, seguidos en general con atención por los pequeños espectadores (alumnos del ciclo de primaria) que llenaban el auditorio. Por lo que llevo visto de este tipo de espectáculos, el infantil es un público entregado y exigente, que manifiesta su desinterés desconectándose (se nota enseguida porque surge el susurro y los niños se mueven en sus butacas). En el caso que nos ocupa estas muestras aparecieron en algún momento en que la acción quedaba reducida a uno o dos elementos y la música era más íntima, más lírica. Es posible que, además, los niños tuvieran alguna dificultad en entender el texto que se cantaba, pero, en general, lo pasaron muy bien.


Aunque siempre es difícil enjuiciar una composición musical con una única audición, máxime si se trata de una obra teatral, mi impresión sobre Pinocho es positiva. Obra equilibrada, con momentos sosegados y narrativos alternando con otros más dinámicos, tiene números que llaman la atención enseguida. por ejemplo la “canción del crí-cri”, simpática y alegre, que inicia y cierra la ópera; la presentación del titiritero Tragafuego, en la que contrasta su voz potente y poderosa con el coro que le acompaña; el sueño de Pinocho y su aria central, lírica y sosegada, la aparición del caracol, llamativa y de impacto, el número de los doctores, la escena de los enterradores y el ballet de los caballos. En algunos momentos notamos alguna influencia de músicas o ideas conocidas: el sonido propio de la música de cabaret en la escena de los fantasmas; la indecisión de los médicos, como en nuestro “Coro de doctores” de El rey que rabió, o el acompañamiento de los funerarios que nos recordó el ritmo del Bolero de Ravel.
Ballet de los caballos (T. Zarzuela)

En cuanto a la interpretación, Ruth González fue un Pinocho convincente, aunque quizá la acústica del local, totalmente abierto, no le ayudó para que su mensaje llegara a todos los rincones con claridad. Miren Urbieta-Vega, soprano, fue el Hada; a los niños les llamó más la atención su vestimenta que su voz, pero resolvió su papel eficazmente y sin problemas. Gerardo Bullón, barítono, fue Gepeto: potente, vibrante, poderoso, incluso su fuerte complexión coadyuvó a marcar el contraste entre él y Pinocho, más delicado y frágil. Destacó también Tragafuego, personaje con poca presencia pero bien defendido por José Manuel Muruaga.

Mención especial merecen el Coro de Voces Blancas Anya Amara que demostró una gran “profesionalidad”, casi siempre presente en la escena y llenando el espacio con sus evoluciones y sus voces. También el ballet, formado por Alumnos del Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma.

La puesta en escena es sencilla, casi no hay decorado, pero el movimiento de un numeroso grupo de personas, llena el amplio escenario y complementa la acción con eficacia. Excelente el vestuario: llamativo, original y colorista; la entrada del Hada, con su capa luminosa, y del Caracol arrancaron un “¡oh!” espontáneo de la chiquillería.

La dirección musical muy bien, atenta a los detalles y muy volcada en la escena para controlar a un coro infantil disciplinado en los movimientos y estupendo en lo musical. Tuvo además el maestro Soler el detalle de dirigirse al público para involucrarle y orientarle sobre cuándo podía aplaudir y le hizo cantar, al final, la simpática “Canción del crí-crí”. Muy buena idea.
 
Vidal Hernando

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