jueves, 26 de mayo de 2016

¡QUÉ LÁSTIMA, DON CAMILO!



Vaya por delante la declaración de que estas líneas no son de reproche, amonestación ni reprimenda. sino la expresión sencilla y algo triste de un lamento.

En este año de Dios, nadie sensato se atrevería a decir “de gracia” con la que está cayendo, de 2016. usted habría cumplido cien años, cifra redonda que sirve de razón a los que andamos este valle de lágrimas para recordar a algunos hombres o mujeres que en su vida destacaron  notablemente en alguna actividad meritoria (los ladrones, bandidos y criminales también destacan, pero su actividad no es loable).

También es excusa para los oportunistas que aprovechan la efemérides para colgarse medallas a costa del trabajo ajeno. Y asimismo sirve para que personas de noble corazón expresen su agradecimiento a quienes, de alguna manera y en cualquier faceta, hicieron algo positivo para el género humano; todo hay que decirlo.

Sea como fuere, un centenario suele ser motivo de celebración.

En lo que a usted se refiere, don Camilo, este 2016 se ha señalado, y va a señalarse, por su recuerdo, con más o menos fortuna y acierto, en la prensa, la radio y la televisión, aunque con ausencias llamativas que no hará falta señalar por inmerecidas. Además de crónicas, noticias y reportajes, la celebración de su centésimo cumpleaños, aunque usted no esté entre nosotros para soplar las velas, nos ha traído nada menos que un Simposio Internacional al que han dado el título de “Cela, cien años más”, y nos traerá una gran exposición a usted dedicada en la Biblioteca Nacional de España, el caserón de los libros del madrileño Paseo de Recoletos.


imposio, al que tuve la fortuna de asistir, escuché varias disertaciones sobre su persona y sobre sus obras, dictadas por reconocidos expertos en ambas materias. Pero en el denso programa nata tuvo relación con con la música. Y esta es mi pena y la razón de estas líneas.

Me consta, don Camilo, que a usted no le gustaba la música, es más le parecía “uno de los ruidos más molestos”, y, excepción hecha del tango argentino y la jota, no le interesaba lo más mínimo. Y a mí, que soy melómano o musicómano, tanto monta, qué quiere que le diga, esto me entristece. Y si usted tiene la cortesía de seguir leyendo estas reflexiones de un enamorado de las corcheas, podrá conocer las razones de este desconsuelo.

Darío Villanueva, Director de la RAE inauguró el SImposio
Me da pena, don Camilo, porque su despego hacia la música nos ha privado, a buen seguro, de muchas e interesantes opiniones de quien fue agudo observador de las gentes y sus comportamientos.  Considero, juzgando por las gotas musicales vertidas en sus novelas y libros de viaje, que a usted le interesaba la música popular, la de diario. Bien, nada que objetar. Pero, ¿qué habría escrito usted sobre la otra música, esa música para la que todavía nadie ha encontrado un adjetivo definitorio adecuado, esa música que llamamos “clásica”, para entendernos?

Créame, don Camilo, que lamento no disponer de un texto salido de su pluma sobre un concierto o una representación de ópera o zarzuela; sobre las gentes que lo escuchan y su comportamiento social, sobre las sensaciones que la música le habría producido. No puedo creer la música fuera muda para una persona de su sensibilidad, por mucho que la ocultara bajo cierta máscara de insolencia o descaro.  “Si la música se te mete en el corazón, es como un realquilado, que no hay quien lo eche. Cuando cuelgues la raqueta, que algún día será, no encontrarás consuelo comparable a la música. ¡Te lo digo yo, muchacha, que soy vieja y he sufrido muchísimos sinsabores! ¡Si no fuera por el arpa, a estas horas estaría muerta!”, dice Aurelia Borrego en Tobogán de hambrientos.
Dígame, don Camilo, ¿no hubo en su vida algún arpa, aunque fuera como la de Bécquer, “de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo”?

Ya sé que tuvo en sus novelas algún recuerdo para la zarzuela, Doña Francisquita, Bohemios, La Calesera, La Dolorosa, La montería, La del manojo de rosas, Los Gavilanes, Luisa Fernanda …Citas, la mayoría, tangenciales, y en algún caso decorativas; menciones de grandes obras del género, pero nada, o casi, del género chico.¿Cuánto juego no le darían los tres ratas de La Gran Vía?, esos tres sinvergüenzas a los que todos apoyamos por su desparpajo y simpatía. Y, ¿qué diría de la Menegilda, la criada picarona y descarada? ¿Y de la vengativa Doña Virtudes, su ama?, que la pone de patitas en la calle por un retraso temporal (si hubiera sido un retraso hormonal, otra cosa sería, como usted comprenderá).

Y, ¿qué me dice de los personajes de Agua azucarillos y aguardiente? ¿No llenaría usted, don Camilo, media docena de folios con sus impresiones sobre la cursi y remilgada Asia y el pusilánime y soñador Serafinito, empalagosos hasta dejarlo de sobra? ¿Y qué de Wamba, el radical y terrorífico revolucionario de salón de El bateo? Sí, si, ese que si llega al gobierno hará rodar cabezas con l mismo descaro que se llevará el oro de la nación.

¿No le parecen a usted, don Camilo, estos personajes verdaderos representantes de lo carpetovetónico? ¿Pensaría usted en individuos de carne y hueso de su tiempo asimilables a estos y otros personajes de nuestro grande “género chico”.

¡Ah, don Camilo! ¡Si usted hubiera escrito sobre ellos! Nos habría divertido, nos habría hecho pensar y habría echado su cuarto a espadas para defender a unos escritores, los libretistas, habitualmente despreciados. O vilipendiados, que es peor.

Ay, don Camilo! ¡Qué lástima que no le gustara a usted la música ni la zarzuela! Porque, además de lo apuntado y todo lo que queda en el tintero (hay que ser precavido y guardar reservas para todas las cosas de la vida), nos ha privado usted de poder organizar, para celebrar estos sus primeros cien años, un gran concierto conmemorativo en su honor y recuerdo. No un concierto al uso, con una gran orquesta tocando una magnificente obertura o un incomprensible retrato sinfónico, no. Pienso en un concierto de música popular con  un par de docenas de músicos que tocaran “música de rasquen” o “música de pulso y púa”. Con un coro infantil de voces dulces y melodiosas, cantando lLa viudida del Conde Laurel, esa delicada melodía que dice:

Yo soy la viudita
del Conde Laurel
que quiero casarme
y no sé con quién.

Luego un coro femenino, cálido y acariciador que daría rienda suelta a la nostalgia de los emigrantes con la música y la letra de La rianxiera, eso de

Ondiñas veñen, ondiñas veñen,
ondiñas veñen y van,
no te enbarques rianxeira
que te vas a marear.

Y un coro masculino, de varoniles y recias voces que pondrían el punto final al concierto con el homenaje a la sufrida y anónima tabernera, con aquello que dice:

Y si no se le quita bailando
los dolores a la tabernera …

aunque quizá en la versión borracha y tosca que sugiere:  “déjala que se joda y se muera”.  ¡Cuánta ingratitud! Pero, mire usted, el folclore popular a veces es duro como una piedra.

Una segunda parte del concierto, que habría de celebrarse al aire libre, tendría un componente lúdico y participativo para los espectadores, pensado para que bailasen uno o dos tangos, “mandando”, según los cánones; un par de chotis, para que los viejos artríticos y los operados de cadera por la Seguridad Social, disfrutaran mostrando que este baile madrileño es el único del mundo, salvo voz más autorizada, en el que es la mujer quien lleva.

Y, para terminar, alguna música patriótica para encender el ánimo del personal. Podría servir un buen pasodoble.

¡Qué lástima, Don Camilo! que no le gustara a usted la música. Créame, me entristece porque sería un motivo más de admiración.

 José Prieto Marugán

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