martes, 21 de febrero de 2017

El autoempleo engañoso.



Pensamientos de un barbero.

Con  no poca frecuencia escucho comentarios y opiniones sobre las ventajas de eso que ahora llaman autoempleo. Esta misma mañana, hace un rato, un parroquiano habitual lo comentaba, mientras le apañaba el cuero cabelludo. Escuchándole, con la paciencia y cortesía que es norma de la casa, algunas ideas saltaban entre las neuronas de mi cerebro: como a este tío se le ocurra aplicarse eso del autoempleo en lo que los pelos se refiere … Tampoco me imagino que cada uno de nosotros podamos ser jefe y obrero al mismo tiempo.

Mientras esperaba un nuevo parroquiano me dije: esto del autoempleo no es una idea tan novedosa y revolucionaria; ya lo estamos ejerciendo como sin querer, desde hace algunos años. Sin poder evitarlo y, lo que es peor, sin que los beneficios del trabajo reviertan en el que lo hace, es decir en nosotros. Si lo del autoempleo es hacer las cosas uno mismo, lean y recapaciten sobre estos ejemplos.

Grandes superficies. En estos establecimientos ya hace algunos años había unos chavales que recogían y ordenaban los carros; ahora no. Usted es quien lo toma, previa introducción de una moneda en el lugar señalado (lo que le obliga a conoce de antemano a aprovisionarse en consecuencia) y debe dejarlo en el sitio adecuado, de lo contrario perderá usted el precio del derecho de uso del carro. Ya no hay chavales que hagan esta tarea en lugar de estar mano sobre mano o incordiando al vecindario. Ya no hay muchachos que se ganen unas perras con esta labor y empiecen a experimentar qué es el trabajo. Tampoco se puede entrar en la empresa empezando por la realización de esta tarea. Antes,  había casos.


Gasolineras. El combustible de los automóviles es una mercancía peligrosa. Nadie lo duda. Pero su manipulación la puede hacer cualquiera de los millones de conductores que, a diario, dan de comer a su vehículo. A ninguno se nos pide una cualificación, ni un conocimiento de lo que se pone en nuestras manos. Cualquier torpe, que los hay, puede armar una zapatiesta de padre y muy señor mío. Eso sí, nos recomiendan que, al cargar combustible, apaguemos la radio; ahí sí que tienen razón, porque hay locutores verdaderamente incendiarios.

Los paquetes. Una modalidad especializada del autoempleo es la del autoempaquetamiento. Se da en ciertos comercios y con más intensidad en determinadas épocas. Ya sabe usted: compra un juguete o un regalo y usted se lo envuelve. Hay que ver cuanto torpe anda por ahí, incapaz de empaquetar el paralelepípedo más elemental, que es una caja de zapatos, como todo el mundo sabe. El resultado lo hemos visto todos: paquetes envueltos a lo cutre, derroche del papel de celo y del de envolver, No cuento los que se llevan a su casa papel como para envolver la comunidad de vecinos. Y no olvide, lector, que lo paga usted.

Autocajas.  Las cajas de autoempleo están proliferando; las llaman “automáticas” o con cualquier eufemismo o subterfugio. Usted lo hace todo: pasa los productos comprados por un escáner, los amontona como puede, introduce su tarjeta de crédito (muy pronto bastará con acercar el teléfono móvil) y hace el pago. Todo perfecto, moderno, tecnológico. ¿Y si la cosa se atasca? ¿Y si la última tecnología no funciona adecuadamente? No se preocupe: hay un empleado para atenderle y ayudarle … A usted y a otros seis o siete.

Caramelos y chucherías. Aunque el sistema no es exclusivo de los establecimientos que venden estas cosas, lo traigo a colación como ejemplo de autoempleo. Como en otros casos, usted coge la bolsita con lo comprado, lo pesa en una báscula especial que presenta fotos de los productos y un código asociado, presiona donde corresponde y sale una etiqueta que debe usted pegar en la bolsita de su compra. Lo sibilino de este modelo de autoempleo viene añadido, porque como la mayoría de nosotros no tenemos experiencia en esto de los pesos y medidas, terminamos echando en la bolsa más de lo que queríamos. ¡Adiós a aquel vendedor experto capaz de coger, de una única vez, la pesada de caramelos que queríamos! ¡Adiós, también, a ese profesional que siempre echaba 10 o 15 gramos de más, diciéndole con una amable sonrisa: “pesa un poquito más, ¿le importa?”.

Seguro que ustedes conocen más ejemplos de autoempleo. Pero basta con los expuestos porque lo único que pretendo  es poner sobre la mesa la idea del autoempleo que rebaja el nivel de servicio de los comercios. El autoempleo proporciona, por lo menos, un corolario social: desaparecen puestos de trabajo cuyo coste se ahorra el empresario, pero los precios no bajan. Si les sirve de ejemplo, siempre que puedo, es decir si tengo alternativa, no echo gasolina donde no me la sirve un empleado. Claro que esto es, cada día, más difícil.
Lamparilla

(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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