lunes, 10 de abril de 2017

Segundos repartos.




Seb.
Buenos días, Don Hilarión.

Hil.
Buenos los tenga usted, Don Sebastián. Acomódese y diga qué quiere que le sea servido.

Seb.
Muchas gracias por su amabilidad. Acepto la sugerencia y pediré un vasito del primer zumo que se obtiene del fruto de la vid.

Hil.
O sea, un mosto.

Seb.
Bien fresquito.

Hil.
Y mientras tanto lo traen, ¿de qué le parece que hablemos hoy?

Seb.
Pues verá usted; me gustaría conocer su parecer sobre los segundos repartos.

Hil.
¿Los segundos repartos? ¿Desde qué punto de vista?

Seb.
No le entiendo.

Hil.
Sí, hombre, sí. El tema de los segundos repartos, como tantos otros en esta vida, puede abordarse desde distintas ópticas. Así, a bote pronto, se me ocurren un par de ellas: el aspecto artístico y el económico. Y seguramente pueda haber otros.

Seb.
Bien. Pues empiece usted,  si le parece, por el artístico.


Hil.
De acuerdo. Visto el tema desde la perspectiva de la ejecución artística, es obvio que el primer reparto es el bueno, el de mayor calidad, el de campanillas. O sea, es decir, el que reúne las voces mayor consideradas, de más fama y prestigio. Aunque bien puede ser que en algún caso o circunstancia estas condiciones no se cumplan, por cuestiones alfabéticas.

Seb.
¿Cuestiones alfabéticas?

Hil.
¡Sí, amigo mío, sí! por H o por B, que suele decirse.

El primer reparto, como digo, es  el que quieren ver y escuchar los buenos aficionados, tanto los que saben apreciar las maravillas de la ejecución vocal, como los que sólo se guían por la popularidad de los personajes.

Seb.
Vamos, al decir: los pata negra,

Hil.
Pues sí, le admito el símil.

Seb.
Y, ¿el segundo reparto?

Hil.
El segundo, como su propio nombre indica, es el que va después del primero.

Seb.
¡Don Hilarión! ¡Ya lo imaginaba!...

Hil.
Lo cual, permítame que continúe, se traduce en cantantes de menor nivel (aunque puede haber sorpresas), gente joven que empieza su carrera y no ha llegado a los puestos envidiados del estrellato o de la popularidad. Meritorios, estudiantes aventajados…

Seb.
Pero, ¿cantan peor?

Hil.
No, no necesariamente. Los cantantes de segundo reparto cantan bien, algunos incluso muy bien, pero simplemente están empezando en el proceloso mundo del canto profesional. Intentando abrirse camino, como si dijéramos.

Seb.
Supongo, entonces, que también podrán entrar en ese grupo los cantantes que ya no son primeras figuras, los que habiendo estado en la cúspide empiezan a dar muestras del paso inexorable del tiempo.

Hil.
Pues no. Mire usted por donde. Eso, querido amigo, no suele ocurrir nunca. Piense que los cantantes son la especie humana más presuntuosa; casi ninguno aceptará que ha comenzado su declive; la mayoría inventará cualquier excusa para …

Seb.
Quiete usted decir subterfugio, supongo

Hil.
Efectivamente, en eso pensaba. Y eso se traduce en buscar un repertorio menos exigente, intentar bajar la música que cantan, dejar de cantar el superagudo que les hizo famosos, argumentando que, en realidad, no está en la partitura. Puede, incluso, que busquen cambiar de registro.

Seb.
¡Qué me dice!

Hil.
¡Lo que oye! Hay quien sigue en la profesión como una caricatura lastimosa, paseando su decadencia por los grandes escenarios del mundo, o presentándose en pobres coliseos de segunda,

Seb.
¡Qué lástima!

Hil.
¡Pues sí! ¡Qué quiere que le diga! ¡Son cosas de la condición humana!

Seb.
Diga usted, Don Hilarión, desde el punto de vista económico, ¿qué me dice de los segundos repartos?

Hil.
Es sencillo. Los cantantes del segundo cobran menos que los del primero. Es obvio. Pero hay otro componente relacionado con este asunto crematístico.

Seb.
¿Otro?

Hil.
Pues sí. Y tiene que ver con el público, porque si los cantantes cobran menos, ¿por qué los espectadores han de pagar lo mismo que si les toca el primer reparto?

Seb.
¡Ah! ¿Pero eso es así?

Hil.
¡Qué pasa, Don Sebastián! ¿Es que va usted de gorra al teatro? En muchos locales venden abonos meses antes de que empiece la temporada y nadie le dice qué reparto le va a tocar el día que vaya usted al teatro.

Si usted tiene capricho por escuchar a tal soprano o a tal barítono, puede que le toque la varita de la fortuna. O puede ser que no.

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