viernes, 23 de febrero de 2018

Todos lo sabían.



Pensamientos de un barbero.
  
Ahora resulta que casi todo el mundo del mundillo musical lo sabía. Miraban para otro lado, hacían oídos sordos o la vista gorda, o todo a la vez. Pero lo sabían. Escribo sobre los abusos sexuales atribuidos a famosos directores de orquesta que han salido en las páginas de los periódicos y en las pantallas de las televisiones, a raíz de los escándalos protagonizados por gentes relacionadas con el cine y con las orgías de una importante organización no gubernamental.

Se dice y se cuenta, que estos individuos (los directores), entronizados en el ambiente musical clásico internacional, ejercían en la habitación de un hotel o en el camerino, el mismo poder omnímodo que desde el podio, aunque con más violencia, sobre personas incluso jóvenes. Y con la exigencia del silencio, bajo amenazas y coacciones.

Prácticamente nadie dijo nada en su momento, ni los protagonistas (quizá mejor, las víctimas) ni quienes más cerca estaban del suceso y que bien podían haber sido testigos. Silencio. Que no se sepa, que no trascienda.

Ahora sí. Ahora hay denuncias, unas de boquilla y otras sustanciadas en un juzgado; ahora resulta que son muchos los “conocedores” que, en caso necesario, veremos si son capaces de aportar pruebas, o preferirán seguir guardando silencio por miedo. Será muy difícil,  o imposible, saber si lo denunciado ocurrió o no; si hubo acoso y abuso hace meses o años, entre individuos del mismo o distinto sexo. Tampoco sabremos en cuantos casos hubo aceptación o acuerdo, o incluso, provocación. Porque,  de todo ha podido haber; ya hace años, en alguna plaza de toros alguna fémina arrojaba prendas íntimas al famoso y triunfador torero. No olvidemos que la seducción ha sido y es un arma poderosísima y hay quien la usa en combinación con otra, también de enorme potencia destructora: la difamación. Si no aceptas el envite, o la sugerencia, correrá el bulo, uno de los “bichos” más rápidos de la naturaleza.

No puedo quitar importancia a estos sucesos (algunos más presuntos que otros), pero sí llamar la atención sobre que el escándalo se acrecienta porque el asunto es sexual. No se denuncian, o se hace en menor grado, otros comportamientos que están a la orden del día: sueldos escandalosos, comilonas, pagos (mejor dicho, cobros) en especie, viajes, lujos asiáticos… zancadillas a otros profesionales, maledicencias, murmuraciones, rumores …  Tampoco suelen trascender la existencia de regalos,  de favores correspondidos (aquello de hoy por ti, mañana por mí), de recomendaciones, tráfico de influencias u otorgamiento de cargos de confianza. Pero como no andan por medio las gónadas…

¡Qué vergüenza! ¡Qué hipocresía! Y qué facilidad tenemos para rasgarnos las vestiduras, aunque no nos damos cuenta de que esa acción puede dejarnos con las posaderas al aire.
Lamparilla

(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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