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martes, 11 de diciembre de 2018

El color del sonido.


Recital de Emilio González Sanz, piano. Obras de Bach, Berio, Chopin, Schubert, Schuman y otros. Sala Manuel de Falla, SGAE, Madrid, 10-12-2018.



Emilio González Sanz es un hombre polifacético: brillante pianista, pintor, pedagogo … Presentó ayer la base de su nuevo proyecto discográfico que se llamará Víta via est (La vida es el camino). En una breve intervención hablada el pianista soriano explicó sus ideas sobre la vida, el amor, la muerte … bases de la humanidad que él encuentra en la música, concretamente en las catorce obras o fragmentos que conformaban el concierto. Un recital intenso y extenso (duró casi dos horas), ejecutado de manera ininterrumpida (un esfuerzo titánico para el intérprete) y sin aplausos a petición del solista.

Se puede estar de acuerdo, o no, con las ideas expuestas por el artista; se pueden experimentar, o no, las sensaciones que atribuye a cada una de las música que interpreta,; se puede admitir, o no, el planteamiento del concierto en relación con lo que es tradicional en nuestro entorno; se puede criticar, o no, la inclusión de músicas pop (Enia o los Beatles) junto a páginas de Bach, Chopin o Schubert … Esta diversidad de impresiones, de sentimientos, de emociones es parte de la grandeza de la música.

Lo que creo que no se puede poner en tela de juicio es la excelencia del trabajo musical de Emilio González. Durante el amplísimo recital mostró una técnica excepcional, y una pulsación clara y diáfana. Me impresionó la construcción de los distintos planos melódicos, la “explicación” sonora del contrapunto, el fraseo y la articulación.  Por si fuera poco, el pianista mostró una extraordinaria habilidad, y capacidad, para manejar y controlar la dinámica, desde los pianísimos más delicados y etéreos, hasta los fortísimos mas enérgicos y poderosos, con una gradación exquisita y perfectamente dosificada. El resultado fue una variada y colorista paleta sonora, quizá anclada en la condición de pintor del solista, dos de cuyos cuadros le acompañaban en el escenario.
 
Tengo la impresión de que el público asistente, menos del que tenía que haber habido, disfrutó del concierto; incluso saqué la conclusión de que entre él y el artista surgió esa comunicación espiritual que, de vez en cuando, se da en una sala de conciertos.

No queda más que aplaudir a Emilio González y agradecerle un recital como este: una forma especial de escuchar la música, de verla mas allá de la partitura bien ejecutada. Una expresión de ese pensamiento personal que no es más que la demostración práctica de la frase que dará título a su proyecto: La vida es camino,  o como diría su Marco Tulio Cicerón, su creador: Vita via est. Merece la pena recorrerlo.

Vidal Hernando.

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