viernes, 5 de abril de 2019

Un barberillo vigente.


Coro de las costureras (Foto T. Zarzuela).
El barberillo de Lavapiés. Zarzuela en tres actos de Luis Mariano de Larra. Música de Francisco Asenjo Barbieri.Adaptación de Alfredo Sanzol.

Intérpretes: Ana Cristina Marco. Cristina Toledo. David Oller, Francisco Corujo. David Sánchez. Abel García. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra
Equipo técnico: Dirección de escena: Alfredo Sanzol.. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar, Iluminación: Pedro Yagüe. Coreografía: Antonio Ruiz.
Teatro de la Zarzuela, de Madrid, 4-4-2019.

Cuando algunos espectadores pueden recordar el desaguisado que con esta misma zarzuela hizo un provocador director de escena “de cuyo nombre no quiero acordarme”, tenemos ocasión  de ver y oír un Barberillo en general redondo  y vigente en lo musical y en lo actoral. Un Barberillo que no ha necesitado de un cambio de época o lugar que “actualice” la conocida historia. Un Barberillo que el público ha disfrutado tanto con las .intervenciones habladas (¡cuántas frases y opiniones parecen haber sido escritas hoy mismo!) como con la ejecución de los brillantes dieciséis números musicales.
Como ya es habitual el magnífico verso de Luis Mariano de Larra, sonoro y  rítmico en la forma, incisivo y mordaz en el fondo político-social, pícaro y chispeante en el diálogo de los protagonistas, ha sido “aligerado”, aunque en esta ocasión la narración teatral no se ha visto alterada en su esencia y el espectáculo transcurre por el camino argumental escrito por Larra.  

La escenografía, plana y simple, emplea grandes paneles negros, que mueven los propios intérpretes (en ocasiones con ruidos inevitables pero molestos) incapaces de sugerir ni el Pardo, ni la plaza de Lavapiés, ni la calle de Toledo que figuran en el texto original. Tales elementos “decorativos”, insulsos,  eliminan la vistosidad  ambiental de una obra vitalista y alegre. Además, su gran volumen reduce el espacio útil de la escena en momentos de gran concentración de personas, dando la impresión de amontonamiento. 

El vestuario, aun siendo de fantasía, consigue con acierto la impresión de la época en que se desarrolla la acción y resulta alegre y vistoso.  La coreografía, mezcla de elementos tradicionales y contemporáneos, nos ha parecido extraña en algunos movimientos y figuras.

Escena de la obra (Foto T. Zarzuela)

La interpretación nos pareció muy adecuada, sobre todo porque los cuatro solistas mantuvieron una calidad alta y equiparable. David Oller, Lamparilla, fue un barítono con capacidad suficiente, buena presencia y capaz en el texto recitado que dijo con entonación, intención y hasta gracia. El tenor Francisco Corujo, don Luis, con un papel menos agradecido, lo resolvió con capacidad dramática. Ana Cistina Marco, mezzosoprano zaragozana, fue una Paloma pizpireta, graciosa y brillante en el canto, y Cristina Toledo, soprano, dio vida a la Marquesita del Bierzo con soltura, suficiencia técnica y hasta estilo. Ambas recigtaron sus versos con soltura, elegancia  y desenvoltura. Hubo momentos destacables: las apariciones de Lamparilla, y el simpático dúo de las protagonistas en el que Paloma enseña a la aristócrata cómo debe comportarse una maja de Lavapiés.

La orquesta sonó bien, sin estridencias ni excesos dinámicos, aunque Pérez-Sierra la llevó con  premura en algunos números, velocidad que pudo comprometer el trabajo de Lamparilla en alguna de sus intervenciones. Las caleseras más parecían una huida que el paseo de dos parejas que “van de merienda”.

El coro, como es habitual, excelente. Empastado, sin gritos, tanto en sus intervenciones masculinas y femeninas, como las de conjunto. El público lo reconoció y lo premió. 

En general, el espectáculo fue ágil y dinámico, con ritmo y vitalidad y gustó al público. Un detalle me llamó la atención: durante el saludo de la compañía ¡nadie! se movió de su asiento, algo infrecuente porque es muy habitual ver cómo algunos espectadores abandonan el teatro inmediatamente, incluso cuando apenas han salido los intérpretes al escenario.  Este comportamiento significa que el público estaba satisfecho.

Vidal Hernando.

Las guardias valonas (Foto T. Zarzuela)

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