lunes, 8 de diciembre de 2014

EL BRILLO DE BARBIERI.



Escena del II acto (Foto: T.Z:)
Los diamantes de la corona (Zarzuela en tres actos de Francisco Camprodón. Música de Francisco Asenjo Barbieri). M.J. Moreno. C. Faus. R. Muñiz. D. Schmunck. G. Bullón. F. Latorre. Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección de escena: José Carlos Plaza. Vestuario: Pedro Moreno. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Director musical: Ólivier Díaz. Teatro de la Zarzuela, 4-12-2014.

Si comienzo este comentario declarando mi entusiasmo hacia la música de Barbieri, a nadie extrañará que elogie sin reservas sus cualidades como compositor, la manera de construir los fragmentos vocales de conjunto, el tratamiento de la orquesta, el manejo del coro y la habilidad especial de unir, sin que chirríe, música de clara factura italiana con la gracia, el salero y hasta  la picardía de algunas formas españolas.

Esta versión de José Carlos Plaza, producida por la Zarzuela hace cuatro años, es un producto de primera calidad porque todos los elementos que la componen lo son. Hay que destacar el decorado, brillante, llamativo, espectacular  y, sobre todo, adecuado al contexto argumental de la obra. Además de vistoso, deja libre el escenario para que lo ocupen los intérpretes, lo cual no es poco si pensamos en otros decorados grandiosos y monumentales que ocupan la escena y obligan a comprimir, por ejemplo, a los componentes del coro. Felicitaciones para Francisco Leal.


El vestuario es impresionante. Más de un centenar de trajes de época, llenos de color ha “vestido”, la escena de manera brillante y llamativa. Las espontáneas exclamaciones y comentarios del público al levantarse el telón fueron demostrativos del efecto conseguido. Felicitaciones, también, para Pedro Moreno.

El planteamiento teatral y, sobre todo, el manejo de los intérpretes y la habilidad para moverlos por la escena de José Carlos Plaza, fueron fundamentales para el desarrollo de la historia. Plaza es un director de contrastada reputación y reconocido prestigio.  Fue capaz de darle un punto de comicidad a la historia con el uso de unos pocos elementos visuales ejecutados por los intérpretes principales o los componentes del coro. Sabemos que, además, ha realizado un gran trabajo de preparación con los actores para decir el verso de Camprodón que no es nada fácil. Este apartado es, todavía mejorable, pero la solución es trabajarlo, no eliminarlo como se ha hecho en otras ocasiones. Felicidades a José Carlos Plaza,

Vayamos ahora a los intérpretes musicales. El coro, con una presencia muy importante en esta obra, mostró su excelente preparación cantando con autoridad, con afinación, con musicalidad, con empaste. Felicitaciones para sus componentes y su director, Antonio Fauró. La orquesta sonó muy bien, sin los excesos de volumen de otras ocasiones, con expresión dinámica y manteniendo siempre su principal misión en un teatro lírico: dar soporte y acompañar a las voces. Felicitaciones también para los músicos y, en especial, para su director, el ovetense Ólivier Díaz.

Cerramos esta crónica, planteada en orden inverso a lo que suele ser habitual, con la referencia a los solistas. La soprano granadina María José Moreno, dio vida a Catalina, la protagonista; pareció que empezaba algo fría, pero fue ganando a lo largo de la función y mostrando la belleza de su voz y la calidad de su preparación técnica; tuvo un menor rendimiento en la parte recitada, pero cosechó aplausos del público sin reservas. Cristina Faus, mezzosoprano valenciana. dio vida al personaje de Diana con soltura, eficacia vocal y actoral; me gustó su planteamiento del personaje y su realización. Las dos se lucieron en el maravilloso bolero (“Niñas que a vender flores”) que es uno de los momentos estelares de la partitura.

El reparto masculino lo encabezaba el tenor bilbaíno Darío Schmunck. Cumplió con eficacia su papel aunque en su romanza de presentación (“Que estalle el rayo”) me hubiera gustado algo más de fuerza interpretativa en general, que sacara todo el partido a esa verdadera “aria de bravura” que es el número musical. Ricardo Muñiz, tenor madrileño, dio vida al Conde de Campoamor, que triunfó en su faceta de actor dando vida a un personaje más cómico que de lucimiento vocal. Rebolledo, el jefe de los bandidos, fue interpretado por Fernando Latorre, bajo-barítono bilbaíno, de voz potente que se hizo notar en sus intervenciones, a pesar de que su papel no es demasiado largo. Lo resolvió muy bien en la parte actoral. Por último, el barítono madrileño, Gerardo Bullón, se ganó el aplauso del público por la interpretación de su personaje, un personaje de carácter cómico que sacó adelante con profesionalidad.

Con estos Diamantes, tallados por un orfebre zarzuelero como Barbieri, y engarzados de esta manera, bien podemos presumir de una corona lírico-teatral de primer orden.

Sólo un detalle negativo: en la hoja-programa que se entrega al público, no hay referencia alguna a la trama argumental de la obra y aunque se entiende perfectamente, creo que no estaría demás dar una pincelada.


Vidal Hernando.

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