martes, 23 de diciembre de 2014

UNA NUEVA ZARZUELA.



DOña fernanda


Seb.
Buenos días, Don Hilarión, ¿qué le ocurre? Desde que le he visto acercarse me ha parecido observar que su cara cambiaba de color; del rojo de la ira, al pálido amarillo de la lividez cadavérica, o de la ictericia.

Hil.
¡Qué gran observador! ¡Qué visionario! Descubre usted lo evidente a un par de metros de distancia. ¡Y sin darle importancia!

¡Tiene razón, Don Sebastián, tiene  muchísima razón! ¡No sé qué siento aquí!

Seb.
Eso lo cantan en Châteaux Margaux, Pero me temo que no es la famosa zarzuela del maestro Fernández Caballero lo que le preocupa.

Hil.
No, amigo mío, desde luego que no.  Déje que recupere un poco la tranquilidad y recobre la normal gradación cromática de mi cutis y se lo cuento. ¡Se va usted a quedar de mampostería berroqueña!

Seb.
De acuerdo. Libemos un par de sorbos de este vinillo que nos ha proporcionado el ADMV.

Hil.
¿El ADMV?

Seb.
El Asistente Diplomado de Mesas y Veladores, vulgo el camarero.

Hil.
¡Acabemos!

Seb.
¡Empecemos! (Cogiendo el vaso de vino y bebiendo).


Hil.
Ahora principio yo. Sujétese con fuerza a la silla, trague saliva para que se iguale la presión intrabucal y la de del aparato auditivo, y atento. Usted sabe que tengo un amigo que es director teatral.

Seb.
Sí, señor. Me lo ha dicho usted en alguna ocasión.

Hil.
Ayer me lo encontré. Y me habló, entusiasmado de un proyecto que prepara para dentro de unos meses. Una gran zarzuela, por todo lo alto.

Seb.
¡Pero eso es estupendo! ¡Con lo necesitados que estamos de grandes producciones!

Hil.
Ya, ya. Pues desde entonces estoy que no duermo, ni como, ni bebo, ni … voy al baño.

Seb.
Lo último es comprensible, si no come ni bebe … no genera usted desechos...

Hil.
No se ría, Don Sebastián, que estoy que echo chispas. ¡Figúrese que hasta ha venido siguiéndome un bombero!

Seb.
Perdone, Don Hilarión, lo hago por quitarle hierro al tema. Pero, dígame, ¿qué zarzuela va a montar su amigo?

Hil.
Doña Fernanda.

Seb.
No me suena.

Hil.
¡Como que es nueva! Permítame que le resuma la peripecia argumental. Son tres actos.

Seb.
¡Tres actos! ¡Zarzuela grande!

Hil.
Sí, señor. Primer acto. Se abre la cortina y se ven zanjas, piedras, un edificio a medio hacer; al fondo, grandes tablones entrecruzados como formando una gran “M”. 

Seb.
¿Escenario postbélico? ¿Una explosión nuclear?

Hil.
No señor. Se supone que es Madrid, ¡como siempre está en obras!

Entre vallas y cascotes, una guapa moza zigzaguea tratando de sortear los obstáculos sin sufrir percance ni accidente alguno. La muchacha (es Doña Fernanda), llega al centro de la escena, que es casi una encrucijada, y no sabe hacia dónde dirigirse. Cuando está a punto de ser vencida por la desesperación, aparece un ejecutivo agresivo con su uniforme (traje, corbata y maletín de ordenador portátil) hablando por un teléfono móvil, mientras se cimbrea elegantemente entre valla y valla (estos ejecutivos modernos tienen tanta cintura como tragaderas).

Ve a la chica, se para, corta la comunicación y guarda el móvil, y la dice: “¿Pinto o Valdemoro?”

Seb.
Hombre, si el sujeto lo que quiere es ligar… Por cierto, ¿cómo ha dicho que se llama?   

Hil.
No lo he dicho, pero responde por Javier Fernando.

Seb.
Bueno, vale. Digo que mejor sería decirle a la moza: “¿Estudias o trabajas?”

Hil.
Eso le dije yo. Pero mi amigo me cortó radicalmente: “¡Ni hablar!  Esa frase está vieja y desfasada, además es políticamente incorrecta. Con los niveles de abandono escolar y la tasa de paro juvenil, ¡cualquiera la usa!”.

Además, me dijo mi amigo que su obra tiene también un poco de denuncia social.

Seb.
Oiga, Don Hilarión, su amigo es fino, ¡eh!

Hil.
Es un águila con vista de lince.

Bueno. El caso es que después de la cháchara (el desarrollo argumental que dicen los dramaturgos) y los habituales tiras y aflojas, actualizados – eso, sí – a un entorno actual, los dos tiran para Aranjuez.

Seb.
O sea, que el Javier Fernando ese consigue llevársela a la huerta; usted me entiende.

Hil.
Nada de eso, es que la chica es monárquica.

Seb.
¡Acabáramos!

Hil.
Todavía  no. Cuando la pareja está en medio de la Cuesta de la Reina (se sabe, dice mi amigo, porque en el fondo de la escena se proyecta un cartel que señala dos direcciones: “República”, hacia la izquierda y abajo, y “Monarquía”, hacia la derecha y arriba).

Seb.
Se ve clara la intención política de su amigo. Pero, ¿tiene eso que ver con el tema de la zarzuela?

Hil.
Eso mismo le dije yo. Parece ser una sutileza, un guiño … no sé muy bien a quien. Se lo explico a usted como él me lo explicó: “la vida es como una cuesta; si la subes con sacrificio y trabajo, puedes convertirte en un rey (o una reina … por lo de la igualdad), pero si la cosa viene mal, lo mejor es escapar, largarse, y para eso nada mejor que correr cuesta abajo”.

Bueno, pues aquí aparece otra pareja. Él dice llamarse Vidal Cárdeno (por la coloración de su piel) y es un chuleta guaperas, moderno, modernísimo, con un lenguaje elegante, distinguido y casi amanerado. Ella se llama Aurora, alias “La Duquesa” y es mujer recia, segura de sí misma, de convicciones firmes y objetivos claros. A pesar del contraste de su aspecto y modales, se atraen como los imanes atraen al hierro.

Seb.
Y supongo que después de flirtear con pocos prolegómenos y menos circunloquios, toman también el camino de la Vega, quiero decir del huerto (o de la huerta, que tanto da).

Hil.
Sí, claro, pero, entretanto llega la consumación del viaje, las miradas de los cuatro se cruzan dos  a dos. Las indirectas no dejan descansar al espectador y, sobre todo, consiguen que no sepa quién se juntará con quién.

Seb.
Es decir, un lío.

Hil.
Un lío deliberado, porque como aquí se acaba el primer acto, lo que busca mi amigo es que el público discuta, delibere … se implique durante el descanso. Es el teatro moderno y la zarzuela también tiene que serlo. Hay que conseguir que el público participe. Nada de darle resuelta la historia; no, no;  que piense, que tome partido, que decida…

Seb.
Caramba con los creadores modernos. El día menos pensado ponen una urna en el vestíbulo para que la gente vote cual de los protagonistas ha de morir y quién se casa con la chica.

Hil.
¡Todo se andará! ¡A eso lo llamarán teatro interactivo!

Seb.
Bien, bien. ¿Y el segundo acto?

Hil
Deje que pida otra ronda (Hace una seña al camarero).

Los cuatro aparecen en un baile típico popular.

Seb.
¿Típico? ¿De dónde? ¿De Aranjuez?

Hil.
No, de ningún sitio concreto, o sea  de cualquier parte. Allí bailan, beben, beben y bailan; bailes del pueblo, de los sueltos, no de parejas. Y continúan las miradas, las insinuaciones entrecruzadas, los ademanes provocativos.

Un lugareño anuncia que va a comenzar el tradicional baile de los ciegos. Las mujeres se pondrán en un estrado tras un cortinaje que les impide ver y ser vistas. Los hombres, abajo, escucharán al vocero que irá leyendo una frase, escrita por cada una de las mujeres, que se supone sólo será entendida por su enamorado. Los que se interesen levantarán una mano haciendo ondear en ella un billete.

Seb.
Una subasta, vamos, como en Luisa Fernanda.

Hil.
No exactamente, porque como hay varias mujeres y varios hombres, aquello empieza siendo un auténtico lio; más que una subasta parece un carnaval.

Seb.
Como el de Doña Francisquita.

Hil.
Tampoco es eso. La cosa poco a poco se va aclarando, porque las mujeres por las que ningún hombre levanta el brazo, van siendo descartadas …

Seb.
Me lo imagino, al final quedan sólo los cuatro los protagonistas.

Hil.
Claro. así son los designios de la providencia.

Seb.
De la providencia, no, de los autores, que son más previsibles que el programa de un partido político en época de elecciones.

Hil.
Bueno, acierta usted: los personajes quedan emparejados, pero al revés. Y cae el telón del segundo acto.

Seb.
Un poco largo y previsible el asunto. Veamos que nos depara el tercer acto.

Hil.
Estamos en la terraza de un chalet unifamiliar independiente. A la izquierda, alegoría de la ciudad; a la derecha, imagen idílica de una dehesa.

Los protagonistas miran a ambos lados, como si no supieran muy bien por qué persona decidirse, Javier Fernando y Doña Fernanda se acercan y se declaran amor eterno, y enlazan sus manos mirando al infinito.

Aurora “la Duquesa” se acerca, humildemente,  a Vidal Cárdeno, pero este la rechaza con elegancia y firmeza, al tiempo que mira, resignado y suspirando, a Javier Fernando.

Seb.
O sea, ¿Qué el Vidal Cárdeno es … mediopensionista?

Hil.
¡Figúrese! ¡El primer gay de la  historia de la zarzuela! ¡Un escándalo!, le dije a mi amigo.

“¿Un escándalo?”, me contestó, ¡Ni mucho menos! ¡Una novedad, una innovación, una apuesta por la modernidad, por sacar de la zarzuela los personajes de cartón-piedra, las mujeres de miriñaque y corsé y los hombres con botines y bombín”.

Seb.
Lo que usted diga, quiero decir, lo que diga su amigo. Pero, si me lo permite, ¿no hay en esta historia cierto tufillo a Doña Fancisquita y a Luisa Fernanda?

Hil.
¡Pues claro! Eso le dije, y me confesó que, cuando le encargaron el trabajo, le dieron a elegir, precisamente entre la Luisa y la Francisquita. y como él  se considera una persona de su tiempo y un poquito transgresor, pensó que tenía que hacer algo novedoso, llamativo fuera de lo corriente. Con la Francisquita y la Luisa se ha hecho ya de todo: se ha sustituido el precioso verso original por una prosa de lo más corrientito, las han cortado hasta desangrarlas, dejando personajes y situaciones sin que el personal entienda qué pinta allí un cierto individuo o por qué hace lo que hace. Las han cambiado de fecha y lugar, las han añadido intenciones políticas y sociales que los autores no imaginaron …

En fin, mi amigo pensó que tenía que hacer otra cosa.

Seb.
Y parió una mezcolanza sin pies ni cabeza. ¡Dios mío!

Hil.
¿De dónde cree que viene mi inquietud y malestar?

Seb.
¡Cómo le entiendo, Don Hilarión! Pero, dígame una cosa, ¿Y la música?

Hil
¡Ay, Don Hilarión! ¡Esa sí que es gorda! No es que hayamos topado con la iglesia, como dice Don Quijote, es que nos hemos dado de bruces con la curia entera y hasta con el mismísimo Vaticano.

Seb.
¿Tan grave es?

Hil.
¡Abróchese el cinturón, que aterrizamos! Como mi amigo no sabe una palabra de música (como tantos directores de teatro), se le ha ocurrido … ¿Qué dirá usted que se le ha ocurrido?

Seb.
¡Cualquiera sabe!

Hil.
¡Hace un mix! Mi amigo dice que el personal sólo quiere escuchar lo que se sabe, lo que ya conoce.

Seb.
Eso es cierto.

Hil.
Pues ya está. Se cogen los trozos más conocidos de cada obra, se mezclan, … y todos contentos.

Seb.
¡Qué  barbaridad! Supongo que a su amigo le habrán reservado plaza en Ciempozuelos.

Hil
¡Qué va! ¡Al contrario! Como el responsable de cultura es un niñato que no sabe ni la “O”, pero que se las da de moderno y avanzado, está dispuesto a financiar el proyecto y ponerlo en marcha. Dice que hay que modernizar la zarzuela, que acercarla a las gentes de nuestra época; actualizar sus personajes y argumentos, Y ha bautizado a Doña Fernanda como una “zarzuela I+D+I, en tres actos”.

Seb.
¿Investigación, Desarrollo e Innovación?

Hil.
No, no. Izquierda, Derecha, Izquierda.

Seb
¡Joder!

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