jueves, 1 de enero de 2015

EL QUIOSCO MUDO




Seb.
¡Qué tristeza traigo, Don Hilarión! Tengo la moral en el suelo, hasta me cuesta articular las palabras.

Hil.
¿Qué le pasa, amigo mío? ¿Alguna calamidad familiar? ¿Algún malestar del cuerpo? Porque si se trata de eso, ya sabe usted que toda mi botica está a su disposición.

Seb.
No, no. No es ningún mal del cuerpo, es una tristeza del alma.

Hil.
Para eso tengo pocas boticas pero siempre me dijeron que escuchar al enfermo le alivia. Así que soy todo oídos. Hable, desahóguese, cuénteme su pena y dígame qué le aflige. Comparta conmigo sus preocupaciones. ¿Por qué está triste?
 
Seb.
No sé si debo … A lo peor, en lugar de aliviarme yo, le entristezco a usted.

Hil.
Corramos el riesgo. Los amigos están para las duras y las maduras. Hable,  hable usted.

Seb.
Pues verá. Hace un par de días visité un pueblo importante cuyo nombre voy a omitir, por razones que usted sabrá comprender.  Un pueblo tranquilo, limpio, muy interesante. Al pasar por su plaza, vi el quiosco de la música. ¡Pero lo vi mudo!


Hil.
Bueno, Don Sebastián, usted y yo hemos visto muchos quioscos de música “mudos”, como usted dice. Es normal, no siempre hay algún concierto en ellos.

Seb.
Lo se. pero no es eso. Esta vez, sin razón aparente, al contemplar el quiosco he notado una sensación extraña, parecida a la que experimento cuanto entro a una iglesia desacralizada:  ahí están los retablos, los cuadros, las imágenes …, pero falta algo. ¿No le ocurre a usted algo parecido?

Hil.
Ahora  que lo dice… La verdad es que sí, y eso que, como usted sabe, soy poco religioso.

Seb.
Al mirar el quiosco y su afiligranada estructura de hierro, he sentido que la música no estaba. Sospecho que ya no lo ocupa la banda, que ya no surgen de su interior el pasodoble, la canción popular, o el popurrí de las mejores zarzuelas. Esos preludios brillantemente tocados por toda la banda; esas romanzas cantadas por la trompeta, sustituyendo a la voz humana…

Hil.
Es verdad. ¡Cuántas horas he pasado junto a un quiosco escuchando la música que de él nacía!

Seb.
¡Qué recuerdos! Ahora mismo escucho el poderío de las trompas, o el aterciopelado sonido de flautas y clarinetes. Y el delicioso  chin-chin de los platillos, o el redoble poderoso de los timbales.

Hil.
Yo también oigo sonidos parecidos, pero no es tristeza, Don Sebastián, eso es nostalgia.

Seb.
¿Y no es un poco lo mismo?

Hil.
¡No, señor! ¡Ni mucho menos!  La tristeza surge de algo malo, de algo perdido que nos produce desasosiego, depresión e incluso, dolor físico.  La nostalgia es añoranza y recuerdo de cosas y momentos buenos.  Uno siente nostalgia de aquella impresionante puesta de sol en buena compañía; de la primera vez que vio el mar, o del amanecer balbuciente contemplado desde la cima de una montaña.

¿Recuerda usted aquel concierto de la banda donde escuchamos juntos, a poco de estrenarse, La canción del olvido?

Seb.
¡Claro que sí! ¡Nunca olvidaré  aquella canción!

Hil.
¿Y la marcialidad del “soldado de Nápoles”?

Seb.
Confieso que luego le he tomado un poco de tirria al dichoso soldadito, pero sigo acordándome de aquella primera vez.

Hil.
¿Y qué me dice de las fantasías de música  de Barbieri? ¿De El barberillo  o de Jugar con fuego?

Seb.
¿Y el garboso bolero de Los diamantes? ¿O el salero de La Calesera?

Hil.
¿O la virilidad del “canto a Murcia”, de La parranda?

Seb.
O la delicadeza de la amorosa romanza final de Luisa Fernanda, la de “por lo encinares de mi Extremadura”.

Hil.
La verdad es que las bandas de música han hecho un servicio fundamental a la comunidad. Han sido ellas las que han llevado la música, toda clase la música, a lugares donde, de otra forma no habría llegado. Casi siempre con mucho esfuerzo, con mucha vocación y no poco trabajo, las bandas han dado vida a la música.

Seb.
¡Qué verdad es! Si no hubiera sido por ellas… ¿No le parece a usted que está por reconocer, y agradecer, la labor social de las bandas?

Hil.
¡Claro que sí! Pero ya sabe usted que el ser humano es, no diría que desagradecido, pero sí olvidadizo.

Por suerte, aún quedan gentes como usted que se emocionan ante un quisco de música mudo. Pero no debe sentir tristeza, nostalgia sí, porque la nostalgia es recuerdo y recordar es volver a vivir.

Y, dígame, ¿no había en ese quiosco niños jugando?

Seb.
Ahora que lo menciona usted, sí.

Hil.
Pues ahí tiene usted la esperanza. La música inolvidable del quiosco estaría penetrando en ellos sutilmente, sin que por sus juegos, lo adviertan. Alguno, dentro de un tiempo, tocará en la banda del pueblo, o será compositor y ese quiosco volverá a ser templo, no sólo templete, de la música.

Seb.
¡Es usted un poeta, Don Hilarión!

Hil.
¡Qué va! Solo soy boticario … y zarzuelero apasionado. ¡Ah, y admirador del otro sexo!

Seb.
Querrá usted decir del bello sexo.

Hil.
No, no, si dijera del bello, me perdería más de la mitad de las mujeres.

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