domingo, 1 de febrero de 2015

ÓPERA Y ZARZUELA NO SON LO MISMO.





Hil.
Le digo a usted Don Sebastián, que la gente cada vez entiende menos de zarzuela.

Seb.
¿Está usted seguro?

Hil.
¡Constatao! Verá usted. Ayer mañana me encontré a Don Evaristo, el de los embutidos.

Seb.
Le conozco, ese sabe mucho de chorizos.

Hil.
Es natural, de eso y de viandas porcinas.

Seb.
No me refería al embutido, precisamente; pero siga, siga usted.

Hil.
De acuerdo. El caso es que no sé muy bien cómo ni porqué, la conversación insustancial que manteníamos, derivó hacia el arte lírico. En un cierto momento me pareció que Don Evaristo se inclinaba hacia la ópera, y …

Seb.
No, si cuando yo digo que es un chorizo…

Hil.
… le pregunté: “Diga usted, Don Evaristo, ¿sabe las diferencias entre la ópera y la zarzuela?”


Seb.
¡Hombre, Don Hilarión, esa es de parvulitos!

Hil.
Eso me contestó el charcutero. Y, con su poquito de sorna, como para picarme, …

Seb.
Sería a causa del chorizo.

Hil.
… me dijo: “Pues claro. En la ópera sólo se canta y en la zarzuela se canta y se habla”.

Y ahí le esperaba yo, que pensé para mis adentros: con la cuerda de ese chorizo, te acabas de ahorcar.

Seb.
¿Y usted, Qué hizo?

Hil.
Lo que hago con todos mis congéneres cuando surge este tema: procurar sacarles de la ignorancia, del tópico; abrirles los ojos, destaparles los oídos.

Empecé diciendo: “Sí señor, tiene usted razón Don Evaristo, tiene muchísima razón. Pero hay más diferencias. Por ejemplo, en la zarzuela, además de cantar y hablar, se recita. Es decir, se habla en verso, lo cual no es nada sencillo, como usted bien sabe (enseguida me di cuenta de que no lo sabía, pero hablar así es una manera de no ofender al contertulio).

Seb.
Sospecho que la “clase” no quedó ahí.

Hil.
¡Claro!. Había que aprovechar la coyuntura. Y continué. Por esto de “hablar” y “recitar”, para hacer zarzuela han de manejarse bien en castellano; para hacer ópera basta con chapurrear el alemán o el italiano, con aprenderse de memoria el texto que se canta. Además, para la zarzuela hay que saber su poquito de gallego si hace usted de guardia o de sereno; de vasco si interpreta usted El caserío; de andaluz, si La reina mora,  y de madrileño si hace usted nuestro gran género chico.

Seb.
Y, ¿cómo reaccionó Don Evaristo?

Hil.
Empezó a ponerse entre morado y negro, como la morcilla. Yo seguí. “Conste, le dije, que no pretendo demostrar si la ópera es mejor que la zarzuela o viceversa. Cualquier persona medio entendida sabe que son cosas distintas, por ende no comparables”.

Seb.
Ahí le clavó usted el pincho de catar los jamones.

Hil.
“Unas veces el fiel de la balanza se inclina hacia la zarzuela, otras hacia la ópera; a veces, en fin… Mire, Don Evaristo, la ópera ha sido y es un espectáculo para la clase pudiente, la aristocracia, los grandes empresarios y negociantes, los políticos … La zarzuela es más popular. Los reyes siempre han ido a la ópera, a la zarzuela los únicos reyes que van son los de la paleta. ¿Ha visto usted chachas, planchadoras, cocineras o domésticas, en general, en la ópera? ¿Y condesas, duquesas, marquesas … en la zarzuela?.

Seb.
Hombre, Don Hilarión. Esto último, alguna vez.

Hil.
Sí, sólo cuando tales damas quieren unirse al pueblo para pasar un buen rato. Créame, amigo mío, la ópera es para la clase alta. Además las entradas son carísimas, en la zarzuela no son baratas, pero estirando un poco el jornal …

Seb.
Le diría usted lo de los presupuestos: el de la ópera, estratosférico; el de la zarzuela casi rayano en la pobreza.

Hil.
¡Pues claro! Y lo de los edificios: el de la zarzuela, normalito y muy escaso en lo que no se ve: camerinos, salas de ensayo, tamaño de la escena, almacenes… Y el de la ópera … ¡Qué le voy a decir! Enorme, monstruoso. Con decirle que cabe en él la Telefónica.

Seb.
Y ahora, con los wasas, los emilios, los interneses y los móviles, … eso es mucho, ¡muchísimo!

Hil.
Le hablé también de la parte crematística. La ópera tiene ayuda del estado. de la comunidad y del ayuntamiento, y privada (colaboradores, patrocinadores, mecenas…). La zarzuela sólo se alimenta del estado y poco, porque las ubres nacionales están más secas que la mojama.

Seb.
¿Y Don Evaristo, cómo se quedó?

Hil.
Pues eso, como la mojama.  Luego abordé el tema patriótico. “Mire usted, amigo mío”; le dije, “las óperas son productos foráneos, extranjeros, de importación; mayormente italianos y alemanes. La zarzuela, quitando media docena de autores descarriados, es producto nacional”. Y vi que se quedaba pensativo y le aclaré.

Seb.
¿Hacía falta? Eso es como el agua del Lozoya, transparente.

Hil.
Le aclare que en este aspecto, la balanza de nuestro criterio social no acaba de definirse (es decir, se está columpiando): unas veces pensamos que todo lo que viene de fuera es buenísimo, y otras que como lo de casa no hay nada. Y le dije: “Un cocido madrileño, una paella valenciana, un salmorejo fresquito en verano, etc. etc. etc., ¿no son exquisiteces culinarias?. Asintió con la cabeza y los ojillos le brillaron (iba siendo la hora del almuerzo), “y el caviar ruso, o el champán francés”, me dijo.

Seb.
Eso no lo conozco.

Hil.
Claro, se ve que es usted más de zarzuela.

Le expliqué luego alguna cosa más. En la zarzuela, no suele haber muertos, y cuando los hay, los matan detrás de las cortinas; en la ópera suelen cascar uno o dos en cada una, y a la vista del todos. Vamos que si está usted en las primeras filas le puede salpicar la sangre y las vísceras. Pero, claro, como a la ópera va la gente bien, los guripas y guindillas,  hacen la vista gorda y el asesino queda libre… Y a la función siguiente ¡reincide!

Le dije que los libretos de las óperas suelen ser malos, como los de las zarzuelas, pero a estos se les desprecia más.

Seb.
Y, ¿cómo reaccionó el de los embutidos?

Hil.
Estaba como la sobrasada, para untar.

Seb.
Supongo que le daría usted una puntilla, para dejar bien cerrado el asunto.

Hil.
¡Tres puntillas! Tres pinchazos, le di, sí señor.

La primera, como resumen, corolario o axioma: La ópera es presumida, orgullosa y prepotente; la zarzuela es modesta. Tome usted nota: la ópera tiene El barbero de Sevilla¸ la zarzuela se conforma con El barberillo de Lavapiés.

Seb.
¿Y la segunda?

Hil.
Pues mire usted. Le hice ver a Don Evaristo, con  los adecuados ademanes pantomímicos, que la zarzuela tiene vicetiples y suripantas. La ópera, no.

Seb.
¿Y la tercera?

Hil.
¡Ah, amigo mío! Para esa estuve reservándome todo el rato.

Cuando ya le tenía anonadado con mis saberes y explicaciones, le dije: “Una última cosa, Don Evaristo. Habrá observado usted que eso de comparar la zarzuela con la ópera es una tontería, que son cosas distintas, que cada una tiene lo suyo y que a unos gusta una y a otros otra. Pero hay algo que pone la zarzuela por encima de la ópera; algo en lo que está de acuerdo el mundo mundial y la humanidad humana. Nadie discute que hay una zarzuela por encima de todo.

Seb.
Y, ¿cuál es?, si puede saberse.

Hil.
¡La zarzuela de marisco!

Seb.
¡Dios mío! ¡Ahí sí que remató!

Hil.
¡Figúrese! ¡Mentarle la competencia a un charcutero!

Seb.
¡Se quedaría fiambre!

Hil       Pues casi.

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