jueves, 9 de abril de 2015

LA IGNORANCIA AJENA



Pensamientos de un barbero.


Hace tiempo que no acudo a estos papeles en los que vierto mis pensamientos, certeros o equivocados, de barbero observador de gentes y costumbres. Tengo una justificación: el trabajo, el mucho trabajo que me ha tocado realizar con motivo de los carnavales y de la Semana Santa.

Quizá les sorprenda que un profesional como yo tenga más trabajo del habitual por las carnestolendas. Pues lo tengo, mejor dicho,  lo tuve, porque han de saber ustedes que para los bailes de disfraces, desde los más elegantes y empingorotados, hasta los más modestos y verbeneros, el peinado es fundamental. Y no les quiero contar lo exigente que se ha puesto el personal de un tiempo a esta parte. Antes, para disfrazarse, valía cualquier cosa, pero ahora no. Hoy, todo hijo de vecino procura  aparecer de punta en blanco, con toda clase de elementos conjuntados, con los rostros cubiertos de afeites y cremas, los vestidos cosidos por  los mejores sastres y los peinados más sofisticados que pueda pensarse. No les digo la cantidad de bigudíes que he puesto en estos días pasados en toda clase de cabezas; la cantidad de cabellos que he tenido que ensortijar; los moños y trenzas que he debido tejer, a veces con extrema dificultad por falta de material primario, pos así decirlo; la cantidad de añadidos y extensiones que han hecho falta … Incluso, llegó una dama –cuya identidad ocultaré, como es natural, porque los peluqueros mantenemos el mismo secreto profesional que los médicos– que estaba dispuesta a cubrirse el cuerpo, sólo con una enorme peluca, desde la cabeza a los pies.  Esto, dicho así, ya es bastante, pero añádanse las labores complementarias: lavados, cardados, alisados, desenredados, uso de cremas, lacas, acondicionadores …


La Semana Santa también me ha dado mucho trabajo. cierto es que los señores no suelen requerir, en este caso, actuaciones peluqueriles especiales, pero ellas … ¡Ay, las señoras! Nadie sabe el trabajo, y la guerra, que da colocarles una teja o una peineta, cuando falta un pelo denso, abundante y consistente, Pero, a ver, ¿qué mujer castiza enuncia a la peina o a la mantilla en Vernes Santo?

Pasadas estas fechas y estos fastos, la tranquilidad y el sosiego regresaron, y aunque las estrecheces acogotan de nuevo la faltriquera, el filósofo-barbero, o viceversa, es decir un servidor, dispone de tiempo para poder echar dos o tren pensamientos, mirando al infinito, que es la mejor manera de ver lo más cercano.

Y sin saber por qué, me he visto cavilando en lo ignorantes que son, o se muestran, algunas personas. Es el caso de esos políticos, hombres de empresa, comunicadores o personas públicas que pronuncian frases equivocadas, inoportunas, impertinentes o insultantes, sin medir las consecuencias. Esas personas que descalifican a otras por ser distintas en color, en origen, en ideas …

Esas personas que, cuando se dan cuenta de su error, de su equivocación o de su ofensa, o cuando alguien les hace ver lo improcedente e injusto de su comentario, rectifican rápidamente, pero tratando de echar la culpa a otro.

Son esas personas que pretenden disculparse diciendo que no hemos sabido interpretarles, como si fuéramos tontos de capirote.

Son esas personas que tratan de culpar a otros, acusándoles de tergiversar lo que dijeron.

Esas personas son doblemente ignorantes porque nos ofenden dos veces: con sus afirmaciones iniciales y cuando tratan de eludir su responsabilidad.

Son esas personas que rectifican pidiendo un perdón condicional (“si he podido ofender a alguien…”, “si alguno se ha sentido molesto…”).  

Esas personas sí que son ignorantes, porque ignoran que no nos han engañado.

Otra cosa es que no podamos darles la respuesta que se merecen.
Lamparilla


(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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