lunes, 27 de abril de 2015

ZARZUELA EN CASA.



Sonia de Munck, soprano y Aurelio Viribay, piansta


Seb.
Buenos días, Don Hilarión.

Hil.
Buen día, Don Sebastián. ¿Cómo le va a usted?

Seb.
Pues con la normalidad que es habitual en estos tiempos por los que transita nuestro deambular vital consuetudinario.

Hil.
¡Cómo dice!

Seb.
Lo que ha oído.

Hil.
No, si le he entendido. Digo que ¡cómo lo ha dicho! ¡Con qué construcción retórica, con qué fórmula explicativas! ¿A qué viene esto?

Seb.
Perdóneme, Don Hilarión, pero es que estoy ensayando.

Hil.
Ensayando, ¿para qué?

Seb.
Verá usted. Esta tarde he sido invitado a una reunión social en una casa distinguida, como las que se hacían antes. Y, la verdad, cómo uno no tiene costumbre…


Hil.
Una reunión como las de antes.

Seb.
Creo que sí.

Hil.
¡Ah, bueno! ¡Eso es estupendo! ¡Ay, si yo pudiera! No sabe usted la ilusión que me haría ir, de vez en cuando, a una de esas reuniones.

Seb.
Pues a mí me inquieta un poco. Porque no sé bien cómo actuar. No tengo costumbre, ya le digo.

Hil.
No se preocupe. Pórtese con normalidad y todo irá bien. Mi único consejo es que no trate de sobreactuar, ni se haga el torpe porque la gente se da cuenta enseguida, aunque no lo parezca.

¡Ah, qué recuerdos vienen a mi memoria!

Seb.
Cuente, cuente usted, por favor. ¡A ver si saco algo!

Hil.
Pues verá. Recuerdo las tertulias entre los hombres, reunidos solos en un gabinete. Se hablaba de política, de finanzas y, algunas veces, no muchas, de señoras.

Seb.
¿Y usted intervenía?

Hil.
Yo, la verdad poco. Lo estrictamente inevitable. Los políticos son temas muy delicados en los que no tengo demasiada experiencia.

Seb.
¡Hombre, Don Sebastián! ¡En cosas de mujeres … tiene usted fama!

Hil.
¡Y procuro mantenerla! Pero –guárdeme el secreto– no se engañe, una cosa es que me gusten las féminas, que me gustan, y otra conocerlas, y otra muy distinta tener experiencia sobre ellas. Mire usted, amigo mío, a las mujeres, así, en general, no las entiende nadie …

Seb.
¿Y ellas? ¿Qué hacían?

Hil.
Ellas, en otro saloncito, hablaban … de sus cosas. Del servicio doméstico, de modas … Y supongo que de hombres, porque a veces se escuchaban risitas y unos ayes exclamativos que sólo se producen cuando el tema es de orden erótico. En fin, conversaciones mundanas.

Luego estaba la merienda.

Seb.
¿La merienda, dice usted?

Hil.
Sí, sí, claro. Allí había de todo; la merienda era un abanico de posibilidades que iba desde un escueto café con pastas, casi conventual, a una verdadera orgía de consumibles, con derroche de sabores, capaces de poner en juego las inmensas posibilidades de nuestro sentido del gusto.

En este momento de la tarde hombres y mujeres se juntaban. Era la ocasión de cambiar alguna palabra con las damiselas más apetecibles, de cumplimentar educadamente a las damas con más de cuatro décadas a sus espaldas.

Pero lo que más recuerdo era la música. En las residencias de postín había música, generalmente piano y canto. De todas clases y, nunca faltaba la zarzuela.

Seb.
¿Dice usted zarzuela?

Hil.
Claro, claro. Tenga en cuenta que, si una zarzuela tenía éxito, enseguida se editaban arreglos de los números de mayor impacto. Las romanzas y los dúos se vendían muy bien y se cantaban mucho en casas particulares.

Seb.
Pero, ¿se cantaba bien?

Hil.
Había de todo, personas con una oreja enfrente de la otra, y otras de un gusto musical exquisito. Y muchos buenos profesionales eran invitados a ciertas casas.

De todo, como se dice, pero cuando uno tenía la suerte de escuchar a una gran soprano, o a un vibrante tenor, en una sala pequeña era … como si cantara para ti solo. Y créame, Don Sebastián, esto es una experiencia increíble.

Seb.
Me lo imagino. En un  teatro uno puede estar lejos, la acústica influye mucho … `pero en un saloncito doméstico …   

Hil.
Se escucha todo. Las gradaciones dinámicas, los pianísimos casi inaudibles que obligan a contener la respiración para que no moleste ni el ruido del aire al entrar en tus pulmones; los cambios de color de la voz, la intensidad emocional de esas melodías redondas, la fuerza de los acentos musicales, la claridad de la dicción… La expresión de las manos, de la cara, de los ojos …

Seb.
Por cómo lo cuenta usted debe ser toda una experiencia.

Hil.
Lo es, claro que lo es. Cuando se tiene ocasión de escuchar una romanza en esas condiciones, es casi como una revelación. No se olvida nunca.

Mire que yo he asistido a centenares de representaciones de zarzuela de todas clases. Sabe usted que he escuchado en el teatro a los mejores cantantes… Pero como en esas reuniones…

Seb.
Entonces, ¿por qué no se siguen haciendo?

Hil.
¡Ay, Don Sebastián! ¡La vida! Hemos cambiado mucho y no sé si para bien. Ahora no hay tiempo, todo el mundo está ocupadísimo y estresado. Tampoco nuestras casas ofrecen condiciones, ni hay piano en ellas, ni aficionados que canten por el mero hecho de cantar. Y esto sólo podría funcionar como una reunión de amigos.

Seb.
Y luego está lo de la merienda.

Hil.
Sí, sí, claro. Al precio que se han puesto las viandas, juntar a ocho o diez amigos,  puede salir por un ojo de la cara.

Seb.
¡Y no está la vida para ir tuerto por ella!

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