lunes, 1 de junio de 2015

BRILLANTE FIN DE TEMPORADA.




La marchenera  (Zarzuela en tres actos de Ricardo González del Toro y Fernando Luque. Música de Federico Moreno Torroba). Amparo Navarro (Paloma). Rocío Ignacio (Valentina). Amelia Font (Taravilla). Nuria Lorenzo (Jeroma). Hevila Cardeña (Amparo). Nuria García (Socorrito). Carlos Álvarez (Conde de Hinojares). Alejandro Roy (Don Félix Samaniego). Gabriel Blanco (Orentino). Emilio Sánchez (Don Miguelito). Elías Arranz (Pituti). Enrique R. del Portal (Cárdenas). Francisco Sánchez (Mezquita). Didier Otaola (Sentimientos). Mario Méndez (El niño de Algeciras). Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro del Teatro de la Zarzuela.
Dramaturgia escénica: Javier de Dios Dirección musical: Miguel Ángel Gómez Martínez.
Teatro de la Zarzuela, 29-5-2015.

Tres funciones no escénicas de La marchenera, han cerrado la temporada lírica 2014/15 del Teatro de la Zarzuela, de Madrid. No puedo decir que haya sido con “broche de oro” porque no ha habido escena, pero he de reconocer que la interpretación musical ha sido magnífica.

La marchenera, escrita por Moreno Torroba a los 37 años y una de sus primeras grandes obras, es página de complicada realización. Requiere un reparto amplísimo (entre primeros solistas y , comprimarios, el reparto que figura en la hoja-programa, alcanza 27 personas), cuatro solistas de primer nivel que tienen sendas intervenciones de elevada exigencia vocal y un director de orquesta capaz de exponer el brillante colorido orquestal de una partitura muy completa y detallada. Añádase el coro y hay que concluir que no es obra que pueda ser abarcada por compañías privadas.

Lo que se ha ofrecido ha sido un “concierto dramatizado”,  denominación innecesaria pues la zarzuela ya es, en sí misma, un espectáculo dramático, en el sentido de teatral. Lo que hemos visto es una realización teatral que elimina todo el texto hablado de la obra, dejando del original de González del Toro y Luque, solo los cantables, añade dos personajes (Blas Cantero, empresario de teatro y Serafín Bravo, libretista debutante) que van contando el argumento al mismo tiempo que simulan crear una zarzuela. A mí me costó entender el conflicto, pues entre las ideas, sugerencias y propuestas de ambos personajes sobre el desarrollo de “su” zarzuela (que es La marchenera), tuve momentos de bastante confusión.


Lo que sí funcionó de manera magistral fue el cuarteto solista. Magníficas ellas, la valenciana Amparo Navarro, como Paloma desde su romanza de presentación y su dúo con el Conde de Hinojares, y la sevillana Rocío Ignacio, como Valentina, que se lució en la célebre “petenera”. Ambas recibieron nutridos aplausos y “bravos” de un público entregado a la belleza del canto y a la exigencia de sus intervenciones. Los dos hombres protagonistas, el barítono malagueño Carlos Álvarez, muy querido por el público zarzuelero, y el tenor asturiano Alejandro Roy, triunfaron sin discusión. Desde su salida, Carlos Álvarez conquistó la sala con su potencia, su dicción, su saber decir y su dominio vocal; Alejandro Roy, en el papel del Don Félix Samaniego, demostró poderío y energía en lo más alto de su tesitura.  Hay que destacar que la orquesta les acompañó con delicadeza y, hasta diría, con cariño, dejando que las voces protagonizaran la música, dándoles el necesario soporte pero con discreción.

La pareja cómica estuvo a cargo de Amelia Font y Gabriel Blanco. Cumplieron con su cometido sin problemas y se ganaron el aplauso especialmente en el dúo madrileño del tercer acto. El resto de cantantes en papeles breves correctos; los componentes del coro que intervinieron en los pregones del segundo acto apenas fueron oídos por la lejanía, consecuencia del planteamiento escénico del programa.

Mención aparte merece la labor del director granadino Miguel Ángel Gómez Martínez. Un trabajo excelente; la orquesta sonó cohesionada, con un precioso color, y, sobre todo, estuvo siempre al servicio de la escena.  Dejó cantar a los solistas y les permitió redondear sus intervenciones. En los acompañamientos, muchos de ellos tan sencillos como eficaces, pudimos oír, no obstante, detalles preciosos de una partitura colorista y elaborada. Creo que el público se dio cuenta de que estaba ante una dirección brillante porque durante el preludio del tercer acto, casi un intermedio, no se escuchó ni una mosca, y eso que el público de la Zarzuela no suele ser demasiado respetuoso con la música orquestal de las zarzuelas. Incluso se mantuvo callado en los finales de las romanzas que terminan no con el agudo brillante y espectacular del cantante, sino con una rúbrica instrumental que suele ser acallada por los bravos y las palmas.

Vidal Hernando

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