viernes, 5 de junio de 2015

LA PRIMERA VEZ




Hil.
Buenos días, Don Sebastián.

Seb.
Buenos días, Don Hilarión.

Hil.
¿Algún problema o inquietud? ¿Algo que le intranquilice o desasosiegue? ¿Alguna molestia corporal o del alma?

Seb.
¿A qué viene este interrogatorio?

Hil.
Pues verá usted. Desde que le he visto aparecer por la qesquina, me he dicho: mi amigo Don Sebastián tiene alguna preocupación; su modo de andar lo denuncia a las claras.

Seb.
¡Qué observador es usted! Que digo observador, ¡un espía! Pero sí, la verdad es que venía cavilando y dándole vueltas a un tema.

Hil.
¿Y se puede saber?

Seb.
Sí, sí; claro que sí. Permítame, querido amigo, una pregunta. ¿Cómo fue su primera vez?


Hil.
¿Ha dicho usted mi primera vez?

Seb.
Me ha oído perfectamente.

Hil.
Hombre, Don Sebastián … ¡Qué quiere que le diga! Es un tema bastante personal; intimista podríamos decir. Pero, como ya ha pasado tiempo, bastante tiempo,  y es usted mi mejor amigo le contestaré: la verdad es que … bueno, quiero decir que … menos gratificante y satisfactoria de lo que me había imaginado. Pero debo decir que, desde aquella primera vez, la cosa mejoró muchísimo y, hoy por hoy, incluso podría dar lecciones.

Seb.
¡No, no, Don Hilarión! No le pregunto por esa “primera vez” que usted cree. No son sus intimidades erótico-amorosas, o viceversa, lo que me interesa. Me refiero a la primera vez que usted vio una zarzuela determinada.

Hil.
¡Acabáramos! ¡Se refiere usted a una zarzuela! ¡Menos mal, porque lo otro, en confianza, fue … como diría yo .. un sainete, un vodevil…

Seb.
¡Mientras no terminara en tragedia!

Hil.
¡Hombre, tampoco fue para tanto! Pero bueno, y ¿a qué viene esa pregunta zarzuelera?

Seb.
Se lo explico. Usted habrá visto la última obra que han puesto en el teatro.

Hil.
Claro, ya sabe usted que no falto.

Seb.
Pues verá. Un conocido mío, extranjero, ha estado en una de las funciones y me ha hecho comentarios sobre ella, sobre los cantantes, la historia, la puesta en escena, etc. etc. etc.

Hil.
¿Y le ha gustado?

Seb.
Pues, en general, sí, aunque  no tanto como yo esperaba. Pero la cuestión no es esa; el tema es que cuando yo le dije “lo que ha visto usted, no es exactamente …” El hombre se quedó frío y rígido.

Y le expliqué que a la música que había escuchado, le habían añadido  fragmentos de otra zarzuela del mismo compositor; que el texto había sido “podado” de manera inmisericorde; que habían introducido chistes y gracietas contra los políticos actuales (que, dicho sea de paso, no merecen ni siquiera esto); que aparecían personajes nuevos …

Hil.
Ya, ya le entiendo … el catálogo completo de elementos “actualizadores”.

Seb.
¿Más o menos?

Hil.
¿Y que hizo usted?

Seb.
Lo que tenía que hacer. Explicarle que eso no era la zarzuela en cuestión, sino una interpretación, un arreglo, una versión … por no emplear términos de otra naturaleza. .

Hil.
Y le diría usted que …

Seb.
Que Andalucía es una región española luminosa, alegre y viva, que canta y que baila, que ríe … a pesar de sus problemas, de sus dificultades, de sus tragedias.  Que no es sólo la Andalucía de pandereta y volantes … sino la de la profundidad inmensa e íntima de unas soleares o de una saeta escuchada en el silencio de la noche por centenares de personas con el corazón encogido, mientras dos docenas de hombres mecen a su Cristo con la delicadeza con se acuna a un recién nacido.

Hil.
Y le diría usted que una verbena es algo alegre en sí misma, aunque se celebre en el barrio más pobre de la ciudad; que es el momento en que aparecen los más bellos mantones comprados con los ahorros de toda una vida, que es la ocasión para lucir el refajo heredado de la abuela que lo bordó con sus propias manos al sol cálido del otoño, cuando para ella era primavera, o quitándole horas al sueño a la luz de un vacilante candil de aceite.

Seb.
Sí, claro. Y más cosas le dije. Y creo que le convencí, pero la preocupación quedó dentro de mí. ¿Qué impresión se llevan los que ven estas cosas por primera vez? Cuando vean, si es que la ven., esa misma zarzuela “de verdad”, ¿creerán que les engañan?

Qué pasaría si a los miles de personas que visitan el Museo del Prado les enseñaran Las meninas, veladas por una moderna lámina de plástico semitransparente?

Hil.
Pues no sé qué decirle … Bueno sí lo sé…

Seb.
Mire usted, Don Hilarión. A mí me parece que en esto de la música, la “primera vez” es importantísima, porque  lo que veamos o escuchemos vamos a tomarlo como modelo y referencia. Y no todo el mundo va a tener ocasión de ver-oír varias veces la misma obra para que su valoración artística sobre ella pueda ir reajustándose.

Hil.
¿Y qué hacemos?

Seb.
Seguir batallando como hasta ahora, en favor de las versiones originales; pensar en que estos arreglos y actualizaciones son una moda y, como tal, pasará.

Hil.
Ya, ya… moda pasajera. Pero usted sabe, querido amigo que las modas vuelven.

Seb.
¡Oh, cielos! ¡Es verdad! ¡Que el Altísimo nos encuentre en estado de gracia! ¡Porque lo porvenir puede ser peor todavía!

Hil.
¡No me diga que está usted pensando en una zarzuela sin canto!



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