viernes, 12 de junio de 2015

FALTABAN PAPELETAS.



Pensamientos de un barbero.



 
Hace unos días fui a votar como muchos otros ciudadanos. Y como uno ha nacido filósofo, aunque la vida le haya llevado a dedicarse al oficio de barbero, no pude dejar de plantearme algunas preguntas sobre el tema. La verdad es que no fueron demasiadas, y lo cierto es que todas quedaron sin respuesta, como suele ser habitual. Ya se sabe que una cosa es predicar y otra dar trigo.

Iba hacia el local de las votaciones contemplando el ir y venir de la gente. ¡Qué trasiego y qué espectáculo! Hombres y mujeres, maridos con sus esposas, familias enteras … y pensé: será verdad que es un día de fiesta. Pero enseguida esa parte de mi cerebro, del cerebro de cualquier filósofo, que se activa con un interrogante y una duda, cada vez que la otra parece encontrar una respuesta o una solución, intervino rápidamente y apuntó: es domingo, es la hora del paseo, del aperitivo. Y, claro, tuve que aparcar lo del dia de fiesta por la cosa de los votos.

No hubo necesidad de esperar demasiado porque había muchas urnas para votar. Nueva pregunta, esta vez con contestación inmediata: claro, hay tres o cuatro personas atendiendo a los 700-800 electores de cada mesa, pendientes de su clientela durante once horas seguidas, aunque se releven cuando es necesario. Si se hiciera lo mismo cuando hay que pedir plaza para los colegios o cita con los médicos … La conclusión filosófica de esto es muy interesante: uno se hace la pregunta, encontramos la respuesta …pero no podemos poner en marcha la solución … con lo cual … vuelta a empezar.


Como mucha gente, llevaba de casa mis dos sobrecitos, bien cerrados, para que nadie sepa qué es lo que voto, aunque en el barrio ya sabe todo el mundo cuales son mis simpatías o de qué pie cojeo.  Como yo sé los suyos. Pero, en fin, esto del “secreto” del voto lo llevamos a pies juntillas.

Después de introducir mis papeletas, anunciada a los cuatro vientos (como si a alguien le importara) por el señor presidente de la mesa, me sentí eufórico y satisfecho, más ancho que largo por haber cumplido con el sagrado deber ciudadano del voto. Si hubiera tenido un espejo habría visto las comisuras de mis labios esbozando una placentera sonrisa. Pero, en cuanto dejé caer el sobrecito, la parte contestataria de mi cerebro me susurró una frase: Alea jacta est, expresión pronunciada por el emperador romano Julio César, que, como todo el mundo sabe significa “la suerte está echada”, o “la cosa no tiene remedio”; en traducción más castiza y coloquial.

Al salir vi la mesa de las papeletas. Larga, muy larga, y llena de papeletas. ¡Qué barbaridad! ¡No sé cuántas había! ¡No creí que tantas! En la barbería, las veces que se habla de política, salen la derecha, la izquierda, y, a veces, los extremos de ambas, incluso los verdes … y poco más. Pero allí había muchas más papeletas. Me picó la curiosidad y eché un vistazo. ¡Cuánto nombre extraño y desconocido! Al terminar mi recuento saqué una conclusión inmediatamente: faltaban papeletas, es decir faltaban votos: Los votos cautivos, comprados, vendidos, oportunistas … los votos del miedo, de las conveniencias, de castigo… los votos masculinos, femeninos o de otros colectivos … los votos de los jóvenes, de los ancianos, de los jubilados, de los sufridos hombres y mujeres de la clase media, los de las amas de casa, los de los trabajadores, los de los estudiantes, los de los autónomos, los de los empleados por cuenta ajena …

Porque, a partir del día siguiente, ¡qué digo, en cuanto se cierran los colegios electorales, los periodistas nos asaltan con su arma más peligrosa: los titulares: “ En Madrid, ganan los votos de la mujer”; “… “el partido … ha recibido un duro castigo de sus electores”… “los jóvenes votan masivamente a …”. Y cosas por el estilo. Y, pregunto yo, ¿cómo lo saben, si estas papeletas no estaban. La cosa es curiosa.

Más curioso es que faltase la papeleta del voto recuperable, ese voto que podríamos reclamar a quien se lo prestamos (el voto no es un regalo aunque muchos así lo piensen) si nos engaña, si nos miente, si comienza a “matizar” propuestas, a olvidar sus promesas, o lo que es peor: a decirnos que no le hemos entendido, que no sabemos interpretarle. Esa papeleta tampoco estaba.
 
Lamparilla

(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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