martes, 21 de junio de 2016

DE LAS VERSIONES LIBRES ... ¡DIOS NOS LIBRE!



Aunque se llame zarzuela .... no tiene música
Seb.
Buenos días, Don Hilarión.

Hil.
Buenos días. ¿Cómo está usted en esta espléndida mañana primaveral?

Seb.
Bien, sin novedad, como siempre.

Hil.
Me alegro, porque los cambios a nuestras edades, y usted perdone la manera de señalar, son más malos que buenos. ¿Quiere usted tomar una zarzaparrilla?

Seb.
No, prefiero un zumo de naranja o de limón. Parece que vienen ya los calores y me apetece algo fresco.

Hil.
Sí, sí. El tiempo está como loco, que si frío, que si calor, que si tormenta, que si calma chicha … Y eso que el anticiclón de las Azores parece que está calladito.

¿Pero no habrá venido usted a hablar del tiempo?


Seb.
No, claro que no. Lo de la meteorología es una manera de empezar.

Lo que yo quería es conocer su opinión sobre eso que llaman “versiones libres”  de una zarzuela.

Hil.
¿Versión libre? ¿He oído bien?

Seb.
Sí señor, lo ha escuchado usted perfectamente. A no ser que desde nuestra última cita esté usted como una tapia.

Hil.
¿Alto?

Seb.
No, sordo.

Hil.
Bien. La respuesta a su pregunta es fácil: De las versiones libres … ¡Dios nos libre!

Seb.
¿Eso es todo?

Hil.
¿Para qué más? ¿Le parece poco?

Seb.
¡Hombre, qué quiere que le diga! Conociéndole, esperaba una reacción … cómo le diría … más visceral, mas apasionada.

Hil.
¡Ay, Don Sebastián! Me temo que no ha entendido usted la profundidad que contiene esta frase: De las versiones libres … ¡Dios nos libre! Fíjese, es como una jaculatoria, como una letanía, lo que viene a ser, una oración superconcentrada; una cosa pequeña, pero con el mayor significado.

Que Dios nos libre es el último recurso; hay que recurrir al Altísimo porque nadie de los de aquí abajo tiene reaños para evitar esas “versiones”.

Analicemos primero qué es eso de “versiones libres”.

Seb.
Hombre, como su nombre indica, es una versión, o sea, que no es el original, hecha con libertad.

Hil.
¡Ahí está la clave, amigo mío! ¡En la libertad! Porque eso de libertad …

Seb.
¡Por Dios, Don Hilarión! No irá usted a poner en duda la libertad. No me saldrá usted, a estas alturas, retrógrado o antediluviano.

Hil.
Vamos a ver, Don Sebastián, un poquito de tranquilidad. Echemos un traguito.

Verá usted. La libertad es una de las grandes conquistas de la humanidad. Nadie lo duda. Pero el problema es que, como todo, ha de tener un límite. Y cuando esto no se entiende, pues vienen los problemas.

Seb.
En eso tiene usted razón, pero ¿cuál debe ser ese límite?

Hil.
Muy fácil y muy difícil: el respeto. El respeto al trabajo de otros (los autores y los intérpretes) y el respeto al público. Y, claro, como el respeto no se puede medir …

Seb.
Le entiendo, pero no siendo la libertad un ente medible, o sujeto mensurable; sabemos que hay algunos que se pasan. Entonces, cuando en esto del respeto uno se pasa, pasa lo que pasa. Pero, claro, hoy no se pueden representar las zarzuelas exactamente como hace cien años. A veces hay que ajustarlas, adecuarlas, pulirlas …

Hil.
¡Natural! Pero lo que no se puede admitir es que se hagan tantos cambios que se altera o hasta desaparezca la esencia de la zarzuela original. Un suponer: No se puede anunciar Château Margaux y que le den a uno tintorro peleón; La Gran Vía y que le muestren un solar vacío en medio del campo; o La revoltosa y que le muestren a la “sosita” del barrio. O que nos cambien El huésped del Sevillano por un okupa esquelético y con rastas.

Seb.
Pero, mire usted, si las cosas las hacen con gracia …

Hil.
¿Con gracia? ¿Qué gracia ni que dos pesetas, u sea sé, ocho cuartos? Maldita la gracia que tiene ver al barberillo en calzoncillos, o a la Menegilda … ¡qué se yo!

Seb.
¡No se lo tome usted tan a pecho, Don Hilarión! ¡Que le va a dar algo! Piense que son cosas intrascendentes, que no pretenden ofender a nadie, que son un mero entretenimiento. En esto de reírnos de lo nuestro, somos los primeros del mundo.

Hil.
Ya, ya. Ya conozco las explicaciones. Como siempre: primero te meten el dedo en el ojo y, cuando te quejas, se excusan con que no querían molestar, que no era su intención, o, lo que es peor y más grave: que no les hemos entendido.

¡Cualquier cosa menos admitir sus intenciones!

Seb.
¿Y cuáles cree usted que serán esas intenciones?

Hil.
Pueden ser varias, como es de cajón. A saber algunas: aprovechar el éxito de una gran obra; nadie mete las manos en una obra desconocida; molestar a colectivos que no suelen responder por prudencia; cargar una obra de intenciones políticas que no tuvo; ganar dinero de manera fácil, … 

Seb.
¿Y qué se puede hacer?

Hil.
Lo que le he dicho, confiar en el Altísimo.

Seb.
Entonces nos acusarán de beatos o meapilas.

Hil.
Tiene usted razón, Don Sebastián, tiene muchísima razón.

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