viernes, 22 de julio de 2016

UN ESFUERZO MAS





Conrado del Campo

El 28 de septiembre de 1911, Joaquín Taboada Steger,(1870-1923), compositor, hijo del también compositor Rafael, y autor de muchas canciones y zarzuelas, algunas de ellas dedicadas al público infantil, publicaba el siguiente artículo que merece la pena ser leído con atención.  Al terminar la lectura, es recomendable hacerse la siguiente pregunta: ¿Hemos cambiado en estos más de cien años?.







 
 Por Joaquín Taboada Steger.


Un esfuerzo más. Esta año ha correspondido la limosna a Conrado del Campo, un buen músico.
No voy yo ahora a hacer un juicio crítico de su ópera El final de Don Álvaro[1], ni a discutir su mérito, el cual, desde luego, reconozco y felicito al compositor por haberla escrito, pero le censuro haberla estrenado.

Tres representaciones le han dado a la nueva obra que han correspondido a las tres últimas funciones de la temporada. La Empresa ha cumplido su compromiso. Los abonados han quedado satisfechos.

El arte español … como siempre.

Así no se adelanta un  paso, más bien vamos hacia atrás. ¿Quién tiene la culpa?. Los músicos.
No nos quejemos, pues, si vemos arrastrar una vida vil y lastimosa a la ópera española.

Es mucho más digno reinar en un modesto aposento, que albergarse vergonzosamente en el más espléndido palacio.

Desde el año 1908 a 1911, no se han estrenado en España arriba de ocho o nueve óperas, entre las cuales recuerdo por este orden: El certamen de Cremona, Zaragoza, Mayarido (Margaridó?). Margarita la tornera, Colomba, La maja de rumbo (de autor español estrenada en América) y El final de Don Álvaro. Pues bien, este escasísimo número de producciones musicales, me parece todavía excesivo para un público hostil y un ambiente contrario, que es todo cuanto encuentra en su espinoso camino el músico español que se propone “lavorare” en serio. ¿Qué es tarea difícil y casi utopía llevar a cabo tan grande empresa? Yo creo que no. Únanse, mejor dicho, hermánense los maestros que hoy se preocupan por ello, y no piensen en la creación de la ópera española. Esta existe; búsquesela un templo sea el que fuere, porque deificado por tan alta misión, el último teatro puede ser el primero.

Pretender que estrenándose una o dos óperas al año, las cuales quedan enseguida excluidas del repertorio, puede llegarse a obtener la beligerancia en el mundo musical, esa sí que es una verdadera utopía.

¿Por qué no se ha hecho esta año Colomba? ¿Y Margarita la tornera, ha vivido ya bastante? A esto contestará la empresa, que sus intereses son sagrados, y que a defenderlos va complaciendo al abono, a más de las muchas dificultades con que tropieza para ensayar las obras españolas, por la resistencia que para ello encuentra en los cantantes célebres, que vienen escriturados por un número de funciones e imponiendo cada cual las obras de su repertorio, y como quiera que el aprender una obra nueva española representa para ellos un trabajo estéril, está hasta cierto punto justificada su resistencia. Así que considero que los artistas tienen razón y que la empresa tiene razón también.
Todo está dentro de los ritos del teatro Real.

Vamos a suponer que las óperas escritas hasta hoy por nuestros maestros, no están a la altura ni pueden figurar al lado de las más sublimes creaciones de los músicos italianos y alemanes. ¿Pero es que estos han sido célebres ya por sus primeras obras? Wagner, escribiendo solamente Rienzi, ¿sería Wagner? Verdi, si después de escribir tantas obras no hubiese llegado a Rigoleto, Aida y Otelo, ¿sería el mismo Verdi?

El camino del arte es infinito.

Los hombres son antes niños, y no creo que el don de la música haya sido reservado exclusivamente para inteligencias de determinados países.

Con mucho gusto vería que firmas más autorizadas que la mía, vertiesen ideas sobre este asunto que de tanta importancia es para el arte español, y lograran con más talento apartar a nuestros músicos del equivocado y vergonzoso sendero por donde caminan, abriendo sus ojos a la luz de la realidad y aprestándoles a una lucha digna, donde encuentren noble y franco enemigo, no juez indiferente que les perdone la vida, reconociendo tan sólo en cada obra española que se estrena “un esfuerzo más”.


[1] Drama lírico en dos actos, con libro de Carlos Fernández Shaw, basado en Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel Saavedra, Duque de Rivas. Música de Conrado del Campo. Estreno: 4 de marzo de 1911, en el Teatro Real, de Madrid. Acción en la Villa de Hornachuelos (Córdoba), mediados del siglo XVIII.

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