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Seb.
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Siéntese usted, don Hilarión,
siéntese. Tengo la impresión de que le preocupa algo.
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Hil,
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Buenos días, don Sebastián. Veo
que es usted un gran observador.
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Seb.
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No me queda más remedio. En el
comercio hay que serlo.
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Hil.
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Será en el suyo, en el mío es
distinto.
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Seb.
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Claro, su negocio y el mío son
diferentes. En su botica, los clientes van, digámoslo así, obligados a
comprar lo que les ha prescrito el médico. En mi tienda la gente busca lo que
le apetece y ahí entra la observación. Un buen comerciante, con un simple
golpe de vista, aprende a distinguir al cliente. Sabe si tienen interés en
comprar o sólo busca pasar el rato; se da cuenta de si el comprador va a
necesitar su consejo o es más prudente dejarle tranquilo. Un buen mercader
aprende a dosificar el elogio a su futuro cliente, hacerse un poco cómplice
de sus gustos y necesidades.
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Hil.
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Es usted un águila, amigo mío.
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Seb.
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La necesidad, don Hilarión, la
necesidad. Pero, dígame, ¿qué le preocupa?
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Hil.
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¿Sabe usted en qué año estamos?
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Seb.
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Naturalmente, en 2012.
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Hil.
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¿Y no le dice a usted nada ese
número?
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Seb.
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Pues la verdad es que … ahora
mismo, no.
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Hil.
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2012, 1812, doscientos años de
las Cortes de Cádiz, de nuestra primera Constitución.
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Seb.
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¡Ah, sí! ¡Claro! Lo he oído mil
veces, por la radio y lo he visto otras tantas en los periódicos. Pero, no se
me ocurre qué tiene que ver eso con usted. ¡Como no se explique!
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Hil.
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Pues verá usted. Me entristece
que en este país nuestro sigamos siendo tan renuentes a celebrar
acontecimientos importantes como este, por ejemplo.
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Seb.
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¡Hombre, don Hilarión! Otra
cosa no le digo, pero lo de las Cortes de Cádiz… ¡Si hasta los republicanos
están celebrando una constitución que empieza diciendo: “En el nombre de Dios
todopoderoso, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador en la
sociedad”.
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Hil.
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Ya, ya. Pero ¿qué me dice usted
de Cádiz?
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Seb.
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¿Cádiz? ¿La tacita de plata?
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Hil.
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No, no, me refiero a la
zarzuela Cádiz, la preciosa
zarzuela de Javier de Burgos, Federico Chueca y Joaquín Valverde Durán. La
zarzuela que glosa nuestra victoria sobre los invasores franceses y canta a la Constitución nacida
en aquellos años.
¿No le parece a usted que
hubiera sido una buena ocasión para montarla y ofrecerla en los teatros
españoles?
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Seb.
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Pues no había caído. Ahora que
usted lo dice … Claro que me hubiera gustado porque Cádiz es una zarzuela que no conozco; he escuchado algún
fragmento, pero nunca la he visto en el teatro.
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Hil.
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Ni usted ni casi nadie. Pero no
es esto lo que me entristece.
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Seb.
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¿Entonces?
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Hil.
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Verá usted, don Sebastián. Le
haré un resumen. Hace cuatro años en el nuevo auditorio de San Lorenzo de El
Escorial, ofrecieron en versión de concierto
la zarzuela de que hablamos.
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Seb.
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¿Cádiz?
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Hil.
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Sí, sí. La pusieron con el
propósito de grabarla y sacar un disco.
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Seb.
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¿Y …?
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Hil.
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Que no hay disco. Que no se ha
publicado. Que nadie sabe nada. Que mucho me temo que la idea quede en tiempo
y dinero perdidos. ¡Si no hemos aprovechado la ocasión ahora …!
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Seb.
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Hombre, don Hilarión. Habrá
alguna razón que lo justifique. Por ejemplo, ¿la calidad del concierto?
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Hil.
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¿Calidad? Excelente. Mire usted: una de nuestras grandes
orquestas, un coro formidable, de voces jóvenes y entregadas, un grupo de solistas
de primer nivel. Bueno, al tenor y a la soprano se los rifan en los grandes
teatros europeos y, sobre todo, un director de orquesta de primera, que sabe
sacarle partido a la zarzuela, que deja respirar a las voces, que no echa la
orquesta encima a los solistas, que tiene arte para darle ese toque especial
a la música nuestra. Vamos, un primer figura.
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Seb.
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¡Le veo entregado, don
Hilarión! En fin, si no parece que existan razones artísticas, quizá sea cosa
de dineros. No necesito recordarle la mala situación económica, la crisis.
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Hil.
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¡La crisis, la crisis! ¡Crisis
para lo que se quiere y para algunos! Aquí hay, y usted lo sabe como yo,
gente que sigue gastando sin tino dinero público; aquí se continúa
repartiendo subvenciones a troche y moche, aquí no faltan viajes bien pagados
para promocionar sabe Dios qué, aquí sigue existiendo el pluriempleo público
para algunos que estando en tantas partes no están en ninguna, aquí, señor
mío, siguen existiendo comidas y dietas, aunque –¡qué quiere que le diga!–
eso de “comida” y “dieta” a la vez … ¡O se come o se ayuna!
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Seb.
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Tiene gracia eso de la comida y
la dieta.
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Hil.
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Mire usted, don Sebastián. Yo
soy boticario, no economista, pero a mi me parce que en lo de Cádiz está hecho la mayor parte del
gasto (supongo que los artistas cobraron en su momento). La grabación debe
existir, sólo queda editarla. Y eso no debe ser tan caro.
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Seb.
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Entonces, ¿a qué se debe que no
se publique ese disco?.
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Hil.
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Pues, a veces me da por pensar
que hay alguna causa política. Mejor dicho, a lo peor hay alguien que
considera que esa zarzuela es políticamente incorrecta.
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Seb.
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¿Y eso?
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Hil.
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Verá usted. En Cádiz, los gaditanos, con alguna ayuda inglesa, sacuden la badana
a los franceses, se ríen de ellos y los echan de su tierra. Además, el
escenario se llena de cantos patrióticos; himnos y marchas celebran la
victoria. Y, por si fuera poco, el estribillo del célebre pasacalle tiene un
“Viva España” fuerte, vibrante, definitivo.
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Seb.
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¿De verdad cree usted…? ¡Me
deja usted de una pieza!
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Hil.
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A lo mejor exagero. Ya me
conoce. Soy más vehemente que usted, pero ¿no le parece que algunos muestran
excesivo cuidado por no molestar a no sé quien, mucha prevención para no
herir sensibilidades? …
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Seb.
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Hombre, quizá un poco sí. Pero eso
es en el mundo de la política. Y en la política … ya se sabe: Hay que hilar
muy fino.
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Hil.
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Y no falta quien enreda mucho
la madeja.
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