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martes, 4 de diciembre de 2012

CÁDIZ 1812 - UNA OCASION (CASI) PERDIDA.




Seb.
Siéntese usted, don Hilarión, siéntese. Tengo la impresión de que le preocupa algo.

Hil,
Buenos días, don Sebastián. Veo que es usted un gran observador.

Seb.
No me queda más remedio. En el comercio hay que serlo.

Hil.
Será en el suyo, en el mío es distinto.


Seb.
Claro, su negocio y el mío son diferentes. En su botica, los clientes van, digámoslo así, obligados a comprar lo que les ha prescrito el médico. En mi tienda la gente busca lo que le apetece y ahí entra la observación. Un buen comerciante, con un simple golpe de vista, aprende a distinguir al cliente. Sabe si tienen interés en comprar o sólo busca pasar el rato; se da cuenta de si el comprador va a necesitar su consejo o es más prudente dejarle tranquilo. Un buen mercader aprende a dosificar el elogio a su futuro cliente, hacerse un poco cómplice de sus gustos y necesidades.

Hil.
Es usted un águila, amigo mío.

Seb.
La necesidad, don Hilarión, la necesidad. Pero, dígame, ¿qué le preocupa?

Hil.
¿Sabe usted en qué año estamos?

Seb.
Naturalmente, en 2012.

Hil.
¿Y no le dice a usted nada ese número?

Seb.
Pues la verdad es que … ahora mismo, no.

Hil.
2012, 1812, doscientos años de las Cortes de Cádiz, de nuestra primera Constitución.

Seb.
¡Ah, sí! ¡Claro! Lo he oído mil veces, por la radio y lo he visto otras tantas en los periódicos. Pero, no se me ocurre qué tiene que ver eso con usted. ¡Como no se explique!

Hil.
Pues verá usted. Me entristece que en este país nuestro sigamos siendo tan renuentes a celebrar acontecimientos importantes como este, por ejemplo.

Seb.
¡Hombre, don Hilarión! Otra cosa no le digo, pero lo de las Cortes de Cádiz… ¡Si hasta los republicanos están celebrando una constitución que empieza diciendo: “En el nombre de Dios todopoderoso, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador en la sociedad”.

Hil.
Ya, ya. Pero ¿qué me dice usted de Cádiz?

Seb.
¿Cádiz? ¿La tacita de plata?

Hil.
No, no, me refiero a la zarzuela Cádiz, la preciosa zarzuela de Javier de Burgos, Federico Chueca y Joaquín Valverde Durán. La zarzuela que glosa nuestra victoria sobre los invasores franceses y canta a la Constitución nacida en aquellos años.

¿No le parece a usted que hubiera sido una buena ocasión para montarla y ofrecerla en los teatros españoles?

Seb.
Pues no había caído. Ahora que usted lo dice … Claro que me hubiera gustado porque Cádiz es una zarzuela que no conozco; he escuchado algún fragmento, pero nunca la he visto en el teatro.
 
Hil.
Ni usted ni casi nadie. Pero no es esto lo que me entristece.

Seb.
¿Entonces?

Hil.
Verá usted, don Sebastián. Le haré un resumen. Hace cuatro años en el nuevo auditorio de San Lorenzo de El Escorial, ofrecieron en versión de concierto  la zarzuela de que hablamos.

Seb.
¿Cádiz?

Hil.
Sí, sí. La pusieron con el propósito de grabarla y sacar un disco.

Seb.
¿Y …?

Hil.
Que no hay disco. Que no se ha publicado. Que nadie sabe nada. Que mucho me temo que la idea quede en tiempo y dinero perdidos. ¡Si no hemos aprovechado la ocasión ahora …!

Seb.
Hombre, don Hilarión. Habrá alguna razón que lo justifique. Por ejemplo, ¿la calidad del concierto?

Hil.
¿Calidad? Excelente.  Mire usted: una de nuestras grandes orquestas, un coro formidable, de voces jóvenes y entregadas, un grupo de solistas de primer nivel. Bueno, al tenor y a la soprano se los rifan en los grandes teatros europeos y, sobre todo, un director de orquesta de primera, que sabe sacarle partido a la zarzuela, que deja respirar a las voces, que no echa la orquesta encima a los solistas, que tiene arte para darle ese toque especial a la música nuestra. Vamos, un primer figura.

Seb.
¡Le veo entregado, don Hilarión! En fin, si no parece que existan razones artísticas, quizá sea cosa de dineros. No necesito recordarle la mala situación económica, la crisis.

Hil.
¡La crisis, la crisis! ¡Crisis para lo que se quiere y para algunos! Aquí hay, y usted lo sabe como yo, gente que sigue gastando sin tino dinero público; aquí se continúa repartiendo subvenciones a troche y moche, aquí no faltan viajes bien pagados para promocionar sabe Dios qué, aquí sigue existiendo el pluriempleo público para algunos que estando en tantas partes no están en ninguna, aquí, señor mío, siguen existiendo comidas y dietas, aunque –¡qué quiere que le diga!– eso de “comida” y “dieta” a la vez … ¡O se come o se ayuna!

Seb.
Tiene gracia eso de la comida y la dieta.

Hil.
Mire usted, don Sebastián. Yo soy boticario, no economista, pero a mi me parce que en lo de Cádiz está hecho la mayor parte del gasto (supongo que los artistas cobraron en su momento). La grabación debe existir, sólo queda editarla. Y eso no debe ser tan caro.

Seb.
Entonces, ¿a qué se debe que no se publique ese disco?.

Hil.
Pues, a veces me da por pensar que hay alguna causa política. Mejor dicho, a lo peor hay alguien que considera que esa zarzuela es políticamente incorrecta.

Seb.
¿Y eso?

Hil.
Verá usted. En Cádiz, los gaditanos, con alguna ayuda inglesa, sacuden la badana a los franceses, se ríen de ellos y los echan de su tierra. Además, el escenario se llena de cantos patrióticos; himnos y marchas celebran la victoria. Y, por si fuera poco, el estribillo del célebre pasacalle tiene un “Viva España” fuerte, vibrante, definitivo.

Seb.
¿De verdad cree usted…? ¡Me deja usted de una pieza!

Hil.
A lo mejor exagero. Ya me conoce. Soy más vehemente que usted, pero ¿no le parece que algunos muestran excesivo cuidado por no molestar a no sé quien, mucha prevención para no herir sensibilidades? …
 
Seb.
Hombre, quizá un poco sí. Pero eso es en el mundo de la política. Y en la política … ya se sabe: Hay que hilar muy fino.

Hil.
Y no falta quien enreda mucho la madeja.



Pongo a San Martín de Porres, patrón de los barberos, por testigo de que a los cuatro días de haber dicho lo que digo más arriba, he visto el anuncio de la publicación del disco. Al final los productores han llegado a la efemérides por los pelos. Quede constancia, también, de que mi opinión no ha tenido nada que ver.   Don Hilarión.




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