Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Lamparilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lamparilla. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de julio de 2020

Renovarse o morir

Hace tiempo que no pongo por escrito mis reflexiones en este blog. Son diversas las razones: crisis de inspiración, crisis de vaguería, la pandemia y su parafernalia… y la desconfianza de que estas cavilaciones sirvan para algo o para alguien. En fin…

 Pero ahora quiero volver a la tarea y retomar la pluma, por lo menos en los momentos en que el negocio que me da de comer, me deja libre, que son más de los deseados. No sé por cuanto tiempo ni me preocupa. El tiempo lo dirá. Como es sabido, mi oficio es el de barbero, aunque estoy pensando en hacerme llamar Experto en Tratamiento de Cabellos y Barbas (ETCB), porque ahora, medio mundo habla en siglas… El otro medio chapurrea un “spanglish” que les parece de lo más moderno. Pero dejemos este tema para otra ocasión, porque hoy quiero hablar de los músicos. 

    El ave Fénix

 Como rapabarbas tengo mucho interés por la música y por quienes la hacen. Ya lo dice el refranero, fuente de sabiduría popular: Los más de los barberos, son guitarristas y copleros. La cosa viene a cuento en estos momentos de irresponsable alegría y de tristeza. De imprudente alegría, porque mucha gente que se ha echado al monte de la fiesta y la diversión, olvidando las normas de seguridad más elementales, y está cayendo en las esporas traidoras del coronavirus. Eso que los modernos comunicadores llaman “rebrotes”, término erróneo y equivocado. Quienes pillan el bicho caen enfermos, no “recaen”, salvo que no sea la primera vez que se contagian. La parte triste es lo que nos espera; nuestros profesionales sanitarios lo saben y lo anuncian, pero puede más nuestro deseo de gozo y francachela, que la sensatez y el necesario sacrificio. En muy poco tiempo, cuando estemos en la “nueva normalidad” (otro invento publicitario de esas gentes que se pasan la vida inventando eslóganes, preciosos, pero vacíos).

 Antes, mucha gente pensaba que la cultura es algo fundamental para el buen desarrollo de la vida social.  Por ahora, por culpa de este minúsculo bicho, empezamos a comprobar que no nos preocupa tanto. Estamos mucho más inquietos por no poder cambiar de coche o ir de vacaciones, renovar nuestro armario… Porque, no se olvide, hay muchas gentes (incluso entre las que deciden) que ven el teatro, la música, el arte, más como diversión que como cultura.

 Ante este panorama, podemos adoptar distintas actitudes:

-        Sentarnos a la puerta de teatros y auditorios y lamentarnos, llorar amargamente.

-        Pedir (incluso exigir) la ayuda de cualquiera de nuestras administraciones (estado, comunidad, municipio) o de los grupos, más o menos relacionados con la ubre oficial de las subvenciones (fundaciones, agrupaciones, asociaciones…), porque “tenemos derecho” y ellos “obligación”.

-        Arrimar el hombro, inventar nuevas fórmulas: renovarse o morir.

 Y para eso hay varios caminos que explorar. Por ejemplo

-        Potenciar la música de cámara, tanto la existente como la que pueda nacer ahora. Es más sencillo organizar un concierto con pocos músicos que con una gran orquesta y un gran coro.

-        Colaborar con otros organizadores. El mismo concierto ofrecido en distintos lugares resulta más económico que interpretado una única vez.

-        Realizar arreglos instrumentales, con o sin voces, de obras teatrales (óperas, zarzuelas…) encargando el trabajo a compositores de solvencia. Durante años la zarzuela ha generado un importante negocio (no se olvide nunca que de la cultura vive mucha gente; sin el componente económico, la cultura posiblemente no existiría), poniendo al alcance del aficionado (oyente o practicante) arreglo de las romanzas, de los fragmentos más conocidos, versiones para pequeñas formaciones orquestales…

-        Llevar la música a escuelas, institutos y universidades; no la técnica musical, sino el espectáculo, el concierto o la representación, para que los niños y jóvenes conozcan a Mozart o a Barbieri o a Chueca, y no tanto para que toquen en una flauta dulce algún villancico o cancioncilla popular.

-        Revisar con mucho cuidado, la influencia de los medios electrónicos aplicados a la creación y difusión de la música. Hay que ver lo fácil que es “componer” una canción a base del “corta y pega” que la tecnología facilita hasta el extremo. En cuando a la difusión, no debemos olvidar que enviar una música por el móvil o el ordenador, es objeto de programas que la comprimen, la reducen de tamaño, para que la transmisión sea más rápida y consuma menos recursos. Y estas manipulaciones modifican la música original.

 En fin, la invasión del coronavirus nos está haciendo sufrir muchísimo, pero también abrirá caminos nuevos que debemos iniciar. Nada se consigue sin trabajo y esfuerzo. Así ha sido hasta ahora y así será.

Lamparilla

(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre)

 

sábado, 7 de septiembre de 2019

Ni empresas ni entidades: Personas.


Hace algún tiempo se conoció una escandalosa noticia: los directivos de una conocida ONG gastaron una cantidad de dinero no especificada pero importante, en juergas y prostitutas en Haití, el país más pobre del mundo y uno de los más castigados por los desastres naturales.

Por desgracia, esto de que alguien abuse descaradamente de un puesto en una entidad, organización o empresa, no es nuevo. Diría más, es muy viejo. Y lo peor de todo, en muchos casos está admitido socialmente. Las comilonas, los viajes, los lujos, los sueldos y remuneraciones estratosféricas, los privilegios y toda suerte de prebendas, no generan tanta indignación como lo que tiene que ver con el sexo.
La reacción del mundo ante el hecho que motiva esta reflexión,  se tradujo en una indignación generalizada, aireada por los medios de comunicación. Comentaristas, contertulios, “expertos” (muchas veces no se sabe en qué) y toda clase de gentes levantaron el dedo acusador contra estos individuos.
Sin apenas tiempo para respirar, surgieron noticias sobre comportamientos similares en otras facciones de la misma ONG y de otras. El velo de la indignación cubrió el planeta. Volvieron las habituales reacciones viscerales, gobiernos que amenazan (¡!) con retirar las ayudas económicas a las organizaciones implicadas; socios, colaboradores y demás que retiran sus donativos … Y todo, sin pensar que en estas entidades hay personas serias que hacen su trabajo con profesionalidad y ética, que entregan su tiempo desinteresadamente para ayudar a otras personas, que ponen en práctica la solidaridad, el cariño, la justicia social, incluso la caridad, palabra que no tiene hoy buena prensa entre algunos colectivos.
Estas personas son más numerosas que los sujetos indeseables que roban y se aprovechan y que no merecen nuestro apoyo, de ninguna manera. Los indeseables, además de beneficiarse del trabajo y esfuerzo ajeno son los responsables de que nosotros, que tenemos una equivocada y peligrosa tendencia a la generalización, cometamos el error –frecuentísimo– de confundir a un individuo con un colectivo: Que un guardia civil o un policía comente un delito, enseguida acusamos a la Guardia Civil o a la Policía; que un empleado de banca nos engaña, nos falta tiempo para señalar a su Banco, incluso a una entidad superior, la Banca; que un concejal o un diputado se comporta indignamente, rápido afirmamos que los Políticos son unos sinvergüenzas; que un sacerdote abusa de alguno de sus feligreses … la Iglesia es …  ¡¡Qué poco nos cuesta generalizar!! Y meter en el mismo saco a los garbanzos negros y a los que hacen un guiso sabroso y saludable.
Muchas veces un comportamiento infame surge al calor de estructuras sociales que quizá han sido creadas por individuos perversos, con la única finalidad de beneficiarse.  Estoy pensando en esas “cosas” que llamamos  entidades, organizaciones, sindicados, corporaciones, partidos políticos, parlamentos, empresas … En esas entelequias dirigidas por quienes en ellas se parapetan cuando las cosas no salen como les interesa. Pienso en algunos casos: el director que propone el despido de trabajadores porque la empresa no va bien (a veces a causa de sus errores) y, al mismo tiempo, se sube el sueldo.
Los ejemplos pueden ser numerosos. Y el corolario es sencillo: empresas, entidades, organizaciones, partidos, etc., son entres intangibles, aunque esto no debería importarnos. Lo que ha de interesarnos son las personas, porque son ellas las que hacen los trabajos difíciles, las que ayudan a los desarraigados, las que consuelan a los desesperados, las que aportan su dinero, su tiempo o su trabajo, a las causas nobles y humanas.  Cuando llamamos personas a quienes roban, engañan, defraudan nuestra confianza o se comportan de manera socialmente reprobable, nos equivocamos,

Es muy posible que estos pensamientos de barbero resulten generalizaciones excesivas  o radicales y no sean aplicables a todos los colectivos. Pero, piénselo ustedes: ni todos los andaluces son vagos, ni todos los catalanes ahorradores, ni todos los madrileños chuletas improductivos.
Lamparilla
(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre)

martes, 3 de septiembre de 2019

Hablar por boca ajena.


En esta época de canícula, cuando los clientes escasean en la barbería, paso las horas inactivas entre la somnolencia y la vigilia.  No sé en cuál de estos períodos, que se suceden sin orden ni concierto, escucho la radio. En una emisora, de cuyo nombre no quiero acordarme, vengo oyendo a un sujeto  que, cada vez que habla recurre a la cita de frases, de ideas o de opiniones de otros. Da igual el tema que se trate; el individuo siempre encuentra hueco para meter, a veces con calzador, la frase de un fulano, casi siempre extranjero con la que trata de dar verosimilitud o veracidad a sus afirmaciones.

No soy yo de los que desprecien las ideas ajenas. Nada de eso. Muchas de ellas me han servido, y me sirven, en mis momentos de filósofo aficionado. Unas veces porque me orientan, otras porque me producen la lógica satisfacción cuando coinciden con las mías propias. Incluso cuando son opuestas, también me resultan útiles, porque de todo se puede aprender. No tengo ningún interés en ser el primero en encontrar la solución a un problema o a una situación que me preocupa. Esto de pensar (y decir lo que se piensa) no es una competición deportiva.

Pues bien, recurrir constantemente a la cita de opiniones ajenas, me parece improcedente y, en ocasiones, presuntuoso y hasta pedante. Eso de, “como dijo fulano”; o “en la opinión de mengano” ¿no es un intento de mostrar la amplitud y profundidad de nuestra cultura? ¿No se intenta desviar la atención para no quedar en evidencia o soslayar una respuesta incómoda?

Cuando se comenta un tema, lo que a mí me gustaría de estos individuos es conocer su opinión, clara y argumentada. Puede que no la comparta, o que la considera equivocada, pero será una idea más que podré valorar cuando me plantee el tema en la soledad de la barbería.

No soy dado a dar consejos porque cada vez tengo menos certeza de las cosas, pero, creo que debemos pensar por nosotros mismos, considerando nuestros conocimientos y nuestras informaciones. Puede que nos equivoquemos, no importa. Pero si nos limitamos a pensar y opinar “por boca ajena”, estaremos haciendo lo mismo que los políticos en el parlamento, que aprietan un botón u otro según les diga el jefe de su grupo. Desde luego, esta fórmula poco desgasta las neuronas.

Lamparilla

lunes, 10 de septiembre de 2018

Rectificar, ¿es de sabios"


Pensamientos de un barbero.


Acabo de abrir la barbería y espero a que aparezca el primer parroquiano. En estos momentos de sosiego, sentado tranquilamente, suelo pensar en algo; por mi cabeza circulan a toda velocidad, imágenes, ideas, frases… Suelo atrapar una y empezar a buscarle las vueltas, los pros y los contras. En muchas ocasiones es un ejercicio improductivo que no conduce a nada práctico, pero me entretiene y creo que es recomendable porque no siempre es bueno dar por cierto y verdad cualquier cosa que uno escuche o lea.

Hoy me he detenido en una conocida frase: “rectificar es de sabios”, sentencia que vengo escuchando en los últimos días con cierta frecuencia. Rectificar, ¿es de sabios? Pues no. La explicación es simple y no hace falta ser pensador ni filósofo para entenderlo; basta con acudir al Diccionario. Dice este libro, que deberíamos usar con más asiduidad, que rectificar es enmendar el error, luego rectificar es de equivocados. Dejo a un lado que la equivocación o el error sea intencionado o accidental, pero quien rectifica reconoce, tácitamente, que está –o estaba– equivocado.

Tampoco estoy de acuerdo con que este comportamiento moral, no siempre noble, sea de sabios. Vuelvo al Diccionario y descubro que es sabio quien posee un conocimiento profundo de una materia, ciencia o arte,  y también quien es prudente, juicioso, cuerdo. Y regreso a la frase: quien rectifica no siempre es juicioso o experto en aquello que luego corrige, si lo fuera quizá no se habría equivocado.

Aclaro el tema, creo, me asalta otra idea. Suele usarse esta frase de manera condescendiente; en muchos casos para disculpar el error e incluso perdonar el engaño. No hace falta poner ejemplos; pueden ustedes buscarlos en los políticos o predicadores que nos rodean.

Cuando el error es involuntario, podrá justificarse la absolución, pero nunca deberíamos admitir las correcciones de errores interesados que no son tales equivocaciones, sino mentiras y falsedades. ¿Debemos perdonar a los individuos que prometen lo que saben que no pueden cumplir? ¿Hemos de ser condescendientes con quien nos vende humo? ¿Por qué quitamos responsabilidad a aquellos que se comportan con un oportunismo interesado y mentiroso?

Nunca deberíamos confundir la caridad con el buenismo.
Lamparilla

 (Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).