
Filosofías de barbero.
Desde que ha subido el IVA
relacionado con los libros y los discos, los editores han puesto el grito en el
cielo. No les ha servido de nada, como es natural, porque los que deciden subir
el IVA no están en el cielo (no sabemos siquiera si llegarán a tan alto
destino) y porque el cielo está tan lleno de gritos, voces, exabruptos y
alborotos que ¡cualquiera es capaz de distinguir el grito que corresponde a un
libro o a un CD.
No seré yo quien defienda el
Impuesto sobre el Valor Añadido. No hace falta recordar a mis lectores que soy
un sencillo barbero, un simple autónomo y tengo el impuesto como un castigo.
Siempre he sido un buen profesional y no
sé qué valor le añado a mi trabajo por el que deba cobrar y pagar una tasa más:
como no sea la cháchara y la información chismosa que le doy al personal.
No sé cómo se distribuye el
precio de un libro o de un CD; qué parte se lleva el autor, el editor, el
distribuidor, el transportista, el vendedor, el Estado, la señora del quinto …
pero no estaría mal que alguien lo explicara por si otro alguien estuviera
llevándose cantidades, digamos, excesivas para el trabajo que hace y del riesgo
económico que corre en el asunto. No estaría mal saber a cuánto le sale la hora
de trabajo a cada uno de los que intervienen.
Al margen de todo esto, lo cierto
es que a muchos nos parecen caros los
discos, los clásicos especialmente, y los libros. Y no comprendemos cómo eso
que se llaman aplicaciones para los modernos teléfonos está tan tirado de
precio. Acabo de leer un reportaje en el que se anuncian varias aplicaciones gratuitas y dos de pago, que cuestan menos de 2 euros y medio.
¿Cómo se come esto? ¿Acaso
quienes imaginan, diseñan, programan y distribuyen esas aplicaciones, no ganan
dinero? ¿Todos los que intervienen no necesitan sus justos doblones para dar de
comer a su familia? ¿Pertenecen a alguna asociación altruista a ultranza para
el desarrollo de aplicaciones telefónicas? ¿No tienen las necesidades
corrientes y molientes de los demás mortales? ¿Dónde está su beneficio?
Me dicen mis fuentes de
información que esto de las aplicaciones gratuitas es muy normal. ¿No son,
precisamente, un valor añadido a lo
que es la funcionalidad básica de un teléfono? ¿El Estado es tan ciego que deja
pasar las inmensas ganancias que podría tener colocando un pequeño impuesto a
todo este trasiego comercial?
Porque no seamos inocentes.
Detrás de tanta gratuidad, no hay altruismo
ni filantropía, sino un boyante negocio que obtiene los dineros de manera
indirecta. No se olvide que la función crea el órgano, y lo que esta gratuidad
significa es la creación de una necesidad: si no tienes en tu teléfono un
montón de aplicaciones, no eres nadie. En mis tiempo de aprendiz de rapador de
barbas ajenas, a esto lo llamábamos poner la zanahoria.
Sea como fuere, siendo posible
tenerlas gratis o comprarlas por uno o dos euros, la verdad, no merece la pena
hacer el curso de pirata informático. Ni siquiera el de nivel elemental.
Lamparilla
(Todo esto es consecuencia
de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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