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sábado, 8 de diciembre de 2012

¿CUESTIÓN DE PRECIO?






Filosofías de barbero.

Desde que ha subido el IVA relacionado con los libros y los discos, los editores han puesto el grito en el cielo. No les ha servido de nada, como es natural, porque los que deciden subir el IVA no están en el cielo (no sabemos siquiera si llegarán a tan alto destino) y porque el cielo está tan lleno de gritos, voces, exabruptos y alborotos que ¡cualquiera es capaz de distinguir el grito que corresponde a un libro o a un CD.

No seré yo quien defienda el Impuesto sobre el Valor Añadido. No hace falta recordar a mis lectores que soy un sencillo barbero, un simple autónomo y tengo el impuesto como un castigo. Siempre he sido  un buen profesional y no sé qué valor le añado a mi trabajo por el que deba cobrar y pagar una tasa más: como no sea la cháchara y la información chismosa que le doy al personal.

No sé cómo se distribuye el precio de un libro o de un CD; qué parte se lleva el autor, el editor, el distribuidor, el transportista, el vendedor, el Estado, la señora del quinto … pero no estaría mal que alguien lo explicara por si otro alguien estuviera llevándose cantidades, digamos, excesivas para el trabajo que hace y del riesgo económico que corre en el asunto. No estaría mal saber a cuánto le sale la hora de trabajo a cada uno de los que intervienen.

Al margen de todo esto, lo cierto es que a muchos nos parecen  caros los discos, los clásicos especialmente, y los libros. Y no comprendemos cómo eso que se llaman aplicaciones para los modernos teléfonos está tan tirado de precio. Acabo de leer un reportaje en el que se anuncian varias aplicaciones gratuitas y dos de pago, que cuestan menos de 2 euros y medio.

¿Cómo se come esto? ¿Acaso quienes imaginan, diseñan, programan y distribuyen esas aplicaciones, no ganan dinero? ¿Todos los que intervienen no necesitan sus justos doblones para dar de comer a su familia? ¿Pertenecen a alguna asociación altruista a ultranza para el desarrollo de aplicaciones telefónicas? ¿No tienen las necesidades corrientes y molientes de los demás mortales? ¿Dónde está su beneficio?

Me dicen mis fuentes de información que esto de las aplicaciones gratuitas es muy normal. ¿No son, precisamente, un valor añadido a lo que es la funcionalidad básica de un teléfono? ¿El Estado es tan ciego que deja pasar las inmensas ganancias que podría tener colocando un pequeño impuesto a todo este trasiego comercial?

Porque no seamos inocentes. Detrás de tanta gratuidad, no hay altruismo  ni filantropía, sino un boyante negocio que obtiene los dineros de manera indirecta. No se olvide que la función crea el órgano, y lo que esta gratuidad significa es la creación de una necesidad: si no tienes en tu teléfono un montón de aplicaciones, no eres nadie. En mis tiempo de aprendiz de rapador de barbas ajenas, a esto lo llamábamos poner la zanahoria.

Sea como fuere, siendo posible tenerlas gratis o comprarlas por uno o dos euros, la verdad, no merece la pena hacer el curso de pirata informático. Ni siquiera el de nivel elemental.
 

Lamparilla

 (Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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