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miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA VERDAD DEL ORDENADOR



¡¡Yo tengo la verdad!! ¿Te enteras?



Filosofías de barbero.



Este que nos ha tocado vivir es un tiempo de cambio. Eso es lo que se dice, aunque en realidad cualquier tiempo ha sido y será de cambio, porque el tiempo no se detiene. Lo que pasa es que a nosotros nos afecta nuestro tiempo y como suele decirse, a cada uno le duele lo suyo.

En este tiempo que nos ha tocado vivir han cambiado –o hemos cambiado– algunas, muchas cosas. Por ejemplo, cuando yo era niño e iba a la escuela, nos enseñaban, entre otras cosas, que el Papa era infalible, lo que significa que no se equivocaba. Era el único que no podía equivocarse, y eso sólo cuando hablaba de cosas de curas. Hoy el infalible es el ordenador.

Y ¿a qué viene esto?, se preguntará el lector. Lo explicaré.


La barbería es, como todo el mundo sabe, no sólo el establecimiento público donde a uno le cortan el pelo o le hacen las barbas, sino un lugar de tertulia, de charla, de confidencias y, si m lo permiten, casi, casi un confesionario. Cuando un cliente se siente en el blanco sillón giratorio, suele hablar conmigo de lo divino y lo humano: de toros, de economía, de religión, de política, de mujeres (incluso de la suya) … Y no es porque yo les apriete el cogote cuando les pongo alrededor el paño que protege sus ropas, no; hablan por sí mismos, de natural, sin que nadie les achuche ni les cohíba.

A algún  colega esto no les gusta y tratan de cercenar la libertad del parroquiano colocando, en lugar visible del establecimiento, un cartel que dice: se prohíbe hablar de política y de religión. Yo no. Al contrario, me gusta que mi clientela se explaye. Gracias a ellos me entero mejor de cómo va la cosa. Y, además, aprendo a conocerlos y averiguo de qué pié cojean. Así, cuando viene Fulano, ni se me ocurre mencionar al Rey, porque es capaz de largarse de la barbería con las tenacillas colgando.

Ayer entró un hombre alto, fornido, de voz ronca y ademanes algo toscos. El pelo negro y ensortijado, muy cuidado. Se sentó y dijo:

- Me llamo Trinidad. ¡Córtelo al cero!

Quedé de una pieza. ¡Era un crimen segar desde la base ese cabello vigoroso y juvenil!

El hombre debió ver mi cara de asombro en el espejo, porque añadió con firmeza.

-         Sí, señor barbero. ¡Al cero! Quiero ver si me pasa lo que a Sansón, si con el pelo pierdo la fuerza. De lo contrario lo mismo cometo una barbaridad.

Comencé a atusarle el cabello esperando que el hombre se arrepintiera, pero estaba decidido.

-         Verá usted. Vengo de la Delegación, más encendido que un tizón. ¡Querrá usted creer que la señorita funcionaria, cuando ha visto los papeles que le entregaba, sin levantar los ojos de ellas, me ha dicho:
-         ¡Buenos días, doña Trinidad!
-         ¿Doña Trinidad?, le he dicho yo poniendo voz de bajo profundo.
-         Es lo que dice el ordenador: Doña Trinidad.

Inspiro profundamente abriendo las fosas nasales como ya tenía abiertos los ojos.

-         ¿Usted cree que yo soy doña?
-         A mí no me diga nada. Es lo que pone la pantalla.
-         Será un error.
-         El ordenador no se equivoca. Nunca. Es como la Biblia o como el Papa.

Cambié de tercio y con una sonrisa le dije:

-         ¿Pero no ve usted este cuerpo?
-         No me cuente usted su vida, respondió seca como una mojama.

Así estuvimos un rato largo, discutiendo como una pareja de enamorados. Ella que doña, yo que don. La gente que espera se impacienta; unos se ponen de mi parte y otros de la suya. Por mi cabeza pasa la idea de poner sobre el mostrador la prueba evidente e irrefutable de mi cualidad de hombre, pero no me atrevo. ¡Cualquiera!

Como el rumor de la gente crece, la señorita muy suya, se pone de pie, me mira fijamente y dice:

-         Mire usted: Si no es usted Doña Trinidad, haga el favor de coger sus papeles y marcharse. Tengo que atender a otras personas.

¡Hay que ver la fuerza que da el funcionariado! No me quedó más remedio que obedecer, agachar la cabeza, guardar el expediente y salir de allí, sintiendo en mi nuca la mirada de todos los que esperaban.

He venido directamente desde allí. ¡Corte usted el pelo al cero! Y más vale que pierda la fuerza, porque si no es así, cuando vuelva a la Delegación, la señorita puede salir volando por encima del mostrador.

No había más remedio que obedecer. El cliente manda.

Cuando metí la tijera en aquel cabello, sentí un escalofrío, pero continué. El mejor barbero de Lavapiés no se arredra ante ninguna dificultad profesional. En el fondo comprendía a aquel hombre al que llevar el nombre de un misterio cristiano le había traído tan singular sinsabor. Y pensé que el ordenador se equivocaba. Vamos, el ordenador, no, el que lo había programado o alimentado.

Tengo muy claro que detrás de un artilugio de estos siempre hay un hombre. un hombrecillo, un monicaco o un monicaquillo. Algunos creen que los ordenadores tienen un chino dentro, pero no es verdad.  Sí lo es que el que se equivocó, hizo lo que hizo y se largó. Y ahí dejó la falsa verdad que muchos –como la señorita de la Delegación– creen inamovible. Ni a Blas y su punto redondo se le dio nunca tanta credibilidad.

¡Así nos va! Hemos cedido nuestra fe al ordenador, sin darnos cuenta de que no es más que una máquina. Excelente y útil, pero máquina al fin y al cabo. Lo hemos hecho tan eficaz que cuando alguien anónimo –el chino de dentro– corrija el error y el  cliente al que estoy dejando calvo aparezca como “Don Trinidad”, no faltará quien diga: ¡¡Milagro!!

-         Y usted, señor barbero, ¿se llama?, preguntó mi sufrido parroquiano.
-         Lamparilla.
-         Y, si me lo permite, cómo le considera el ordenador: ¿hombre o mujer?
-         Verá usted, Don Trinidad. No tiene ninguna duda. Sabe que soy muy capaz de cortarle la electricidad al menor síntoma, dije mientras abría y cerraba las tijeras con la habilidad propia de mi oficio.

Lamparilla


(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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