![]() |
| ¡¡Yo tengo la verdad!! ¿Te enteras? |
Filosofías de barbero.
Este que nos ha tocado vivir es
un tiempo de cambio. Eso es lo que se dice, aunque en realidad cualquier tiempo
ha sido y será de cambio, porque el tiempo no se detiene. Lo que pasa es que a
nosotros nos afecta nuestro tiempo y como suele decirse, a cada uno le duele lo
suyo.
En este tiempo que nos ha tocado
vivir han cambiado –o hemos cambiado– algunas, muchas cosas. Por ejemplo,
cuando yo era niño e iba a la escuela, nos enseñaban, entre otras cosas, que el
Papa era infalible, lo que significa que no se equivocaba. Era el único que no
podía equivocarse, y eso sólo cuando hablaba de cosas de curas. Hoy el
infalible es el ordenador.
Y ¿a qué viene esto?, se
preguntará el lector. Lo explicaré.
La barbería es, como todo el
mundo sabe, no sólo el establecimiento público donde a uno le cortan el pelo o
le hacen las barbas, sino un lugar de tertulia, de charla, de confidencias y,
si m lo permiten, casi, casi un confesionario. Cuando un cliente se siente en el
blanco sillón giratorio, suele hablar conmigo de lo divino y lo humano: de
toros, de economía, de religión, de política, de mujeres (incluso de la suya) …
Y no es porque yo les apriete el cogote cuando les pongo alrededor el paño que
protege sus ropas, no; hablan por sí mismos, de natural, sin que nadie les
achuche ni les cohíba.
A algún colega esto no les gusta y tratan de cercenar
la libertad del parroquiano colocando, en lugar visible del establecimiento, un
cartel que dice: se prohíbe hablar de política y de religión. Yo no. Al
contrario, me gusta que mi clientela se explaye. Gracias a ellos me entero
mejor de cómo va la cosa. Y, además, aprendo a conocerlos y averiguo de qué pié
cojean. Así, cuando viene Fulano, ni se me ocurre mencionar al Rey, porque es
capaz de largarse de la barbería con las tenacillas colgando.
Ayer entró un hombre alto,
fornido, de voz ronca y ademanes algo toscos. El pelo negro y ensortijado, muy
cuidado. Se sentó y dijo:
- Me llamo
Trinidad. ¡Córtelo al cero!
Quedé de una pieza. ¡Era un
crimen segar desde la base ese cabello vigoroso y juvenil!
El hombre debió ver mi cara de
asombro en el espejo, porque añadió con firmeza.
-
Sí, señor barbero. ¡Al cero! Quiero ver si me pasa lo
que a Sansón, si con el pelo pierdo la fuerza. De lo contrario lo mismo cometo
una barbaridad.
Comencé a atusarle el cabello
esperando que el hombre se arrepintiera, pero estaba decidido.
-
Verá usted. Vengo de la Delegación, más
encendido que un tizón. ¡Querrá usted creer que la señorita funcionaria, cuando
ha visto los papeles que le entregaba, sin levantar los ojos de ellas, me ha
dicho:
-
¡Buenos días, doña Trinidad!
-
¿Doña Trinidad?, le he dicho yo poniendo voz de bajo
profundo.
-
Es lo que dice el ordenador: Doña Trinidad.
Inspiro
profundamente abriendo las fosas nasales como ya tenía abiertos los ojos.
-
¿Usted cree que yo soy doña?
-
A mí no me diga nada. Es lo que pone la pantalla.
-
Será un error.
-
El ordenador no se equivoca. Nunca. Es como la Biblia o como el Papa.
Cambié de
tercio y con una sonrisa le dije:
-
¿Pero no ve usted este cuerpo?
-
No me cuente usted su vida, respondió seca como una
mojama.
Así estuvimos
un rato largo, discutiendo como una pareja de enamorados. Ella que doña, yo que
don. La gente que espera se impacienta; unos se ponen de mi parte y otros de la
suya. Por mi cabeza pasa la idea de poner sobre el mostrador la prueba evidente
e irrefutable de mi cualidad de hombre, pero no me atrevo. ¡Cualquiera!
Como el rumor
de la gente crece, la señorita muy suya, se pone de pie, me mira fijamente y
dice:
-
Mire usted: Si no es usted Doña Trinidad, haga el favor
de coger sus papeles y marcharse. Tengo que atender a otras personas.
¡Hay que ver
la fuerza que da el funcionariado! No me quedó más remedio que obedecer,
agachar la cabeza, guardar el expediente y salir de allí, sintiendo en mi nuca
la mirada de todos los que esperaban.
He venido
directamente desde allí. ¡Corte usted el pelo al cero! Y más vale que pierda la
fuerza, porque si no es así, cuando vuelva a la Delegación, la señorita
puede salir volando por encima del mostrador.
No había más remedio que
obedecer. El cliente manda.
Cuando metí la tijera en aquel
cabello, sentí un escalofrío, pero continué. El mejor barbero de Lavapiés no se
arredra ante ninguna dificultad profesional. En el fondo comprendía a aquel
hombre al que llevar el nombre de un misterio cristiano le había traído tan
singular sinsabor. Y pensé que el ordenador se equivocaba. Vamos, el ordenador,
no, el que lo había programado o alimentado.
Tengo muy claro que detrás de un
artilugio de estos siempre hay un hombre. un hombrecillo, un monicaco o un
monicaquillo. Algunos creen que los ordenadores tienen un chino dentro, pero no
es verdad. Sí lo es que el que se
equivocó, hizo lo que hizo y se largó. Y ahí dejó la falsa verdad que muchos
–como la señorita de la
Delegación– creen inamovible. Ni a Blas y su punto redondo se
le dio nunca tanta credibilidad.
¡Así nos va! Hemos cedido nuestra
fe al ordenador, sin darnos cuenta de que no es más que una máquina. Excelente
y útil, pero máquina al fin y al cabo. Lo hemos hecho tan eficaz que cuando
alguien anónimo –el chino de dentro– corrija el error y el cliente al que estoy dejando calvo aparezca
como “Don Trinidad”, no faltará quien diga: ¡¡Milagro!!
-
Y usted, señor barbero, ¿se llama?, preguntó mi sufrido
parroquiano.
-
Lamparilla.
-
Y, si me lo permite, cómo le considera el ordenador:
¿hombre o mujer?
-
Verá usted, Don Trinidad. No tiene ninguna duda. Sabe
que soy muy capaz de cortarle la electricidad al menor síntoma, dije mientras
abría y cerraba las tijeras con la habilidad propia de mi oficio.
Lamparilla
(Todo esto es
consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

No hay comentarios:
Publicar un comentario