Filosofías de barbero.
El Teatro Real de Madrid pone en
escena la ópera Macbeth de Verdi, en una producción de la que Gerard Mortier,
director artístico del coliseo, ha dicho: “Quien venga a escuchar sólo arias de
“bel canto” que se quede que casa. Ésta es una producción para un público
inteligente”.
Yo no sé qué opinará mi colega
sevillano, el también famoso barbero Fígaro, más de ópera que yo, que me
conformo con la zarzuela como todo el mundo sabe, pero el señor Mortier, al que
no conozco y, a lo peor, tampoco me conoce él, me ha creado un problema.
Como “zarzuelófilo” he aguantado
y aguanto el desdén, cuando no el desprecio, de los operófilos, con paciencia y
estoicismo, que digan a los cuatro vientos que lo suyo es mejor que lo mío. Yo
soy así, un sufridor nato, tanto que en cuanto nazca el Atlético de Madrid me
haré socio. Pero el señor Motier me ha creado un problema: ¿Soy yo, el
rapabarbas más famoso de los madriles, inteligente? En consecuencia, ¿debo ir a
la Plaza de
Oriente o es mejor que me quede en mi Lavapiés del alma, para no ponerme en
ridículo?
“Conócete a tí mismo”, dijo el
filósofo. ¡Y se quedó tan ancho! ¡Como si fuera sencillo!
Estaba solo en mi establecimiento
esperando clientela. Me senté y volví a leer la frase del belga (¿Qué les hemos
hecho parta que tanto nos machaquen?). ¿Realmente había dicho eso el señor
Mortier o era cosa del periodista? ¿Mostraba el director del teatro ser
inteligente diciendo esto? ¿Cómo iba a reaccionar el personal? ¿Llenarían las
gentes el local, puesto que nadie se considera ignorante? ¿Cuántos no se
atreverían a presentarse en el Real por si alguien les miraba con extrañeza?
¿Había dicho la frase con intención de repetir la historia del rey desnudo?
¿Era todo esto una simple –y hábil forma de hacer publicidad?: todo el mundo
iría al teatropara no ser colocado en el
pelotón de los torpes.
La pregunta se convirtió en
recurrente: ¿Soy yo uno de los inteligentes? ¿De los elegidos? ¿De los
señalados? ¿De los capaces de entender un espectáculo como el de Macbeth? ¿Saldría reforzada mi
inteligencia por asistir a experiencia tan selecta, reservada sólo a unos
pocos? ¿Me sentiría burlado si el espectáculo era un bodrio?
Estas y otras preguntas se
agolpaban en mi cabeza. Dejé el periódico, incliné mi cuerpo hace adelante
llevando la mano diestra a la sien derecha (esta es la actitud que debe adoptar
todo filósofo que se precie cuando se dispone a pensar). Ordené las preguntas
en mi cabeza, las clasifiqué, las prioricé y dejé algunas para otra ocasión. Y
busque la respuesta de otras pocas. Estas son las conclusiones.
Si el señor Mortier no dijo
exactamente lo que se le atribuye, sino que fue interpretación o invención del
periodista, lo dirá pronto, lo desmentirá pronto y pedirá perdón a quién se
haya podido sentir ofendido. ¡Quien sabe! Hasta puede que el director artístico
se atreva a salir al balcón del Real de la Plaza de Oriente a recibir los aplausos o los
pitos del gentío (Como cunda el ejemplo del Sr. Mourinho, apañados vamos. Se
van a poner las plazas hasta los topes).
Si el Sr. Mortier busca llenar
las arcas del Real, removiendo la sesera de los operófilos, seguramente lo
conseguirá. Si esto es lo que busca, puede dar un paso más: poner a la puerta
del teatro un par de fotógrafos, como en los parques temáticos o de
atracciones, que facilitarán con su fotografía el testimonio de inteligencia de
quien aparezca en ella.
Puede que al Sr. Mortier le
ocurra lo que a aquel nefasto cómico que, tras una deleznable función de La vida es sueño, silbada de forma
inmisericorde por el público, no dudó el exclamar:
-
¡Qué brutos! ¡Silban a Calderón!
Más reflexiones hubieran salido
de mi mollera si no hubiera entrado por la puerta, interrumpiendo mi ejercicio
filosófico, el señor Antonio, el carnicero, que venía a arreglarse porque el
sábado se casa su hija y es el padrino.
Le hice esperar un segundo. El
que necesité para tomar una grave decisión: No iré al Teatro Real. Me importa
una higa si el señor Mortier me considera inteligente o no.
Yo podría poner en la puerta de
mi barbería: No se admiten calvos, ni alopécicos funcionales, ni donantes de
pelo. Pero no lo hago; al contrario, les atiendo con amabilidad, les doy
conversación y les coloco los pocos cabellos que les quedan de la mejor manera posible,
para que vayan por este mundo y entre esta sociedad con un mínimo de dignidad.
No hago milagros, ya lo sé, que eso sólo lo hace Dios y alguno de sus santos,
pero soy, para mis congéneres, educado, discreto y caritativo. Y de paso, no
pierdo unos ochavos que nunca vienen mal cuando los clientes ven el buen
resultado de mi esmero y dedicación, dejando su cabeza atractiva y hasta
resultona. ¿Ustedes creen que esto es ser inteligente?.
Lamparilla
(Todo esto es
consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).
No hay comentarios:
Publicar un comentario