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miércoles, 5 de diciembre de 2012

MORTIER ME CREA UN PROBLEMA





Filosofías de barbero.

El Teatro Real de Madrid pone en escena  la ópera Macbeth de Verdi, en una producción de la que Gerard Mortier, director artístico del coliseo, ha dicho: “Quien venga a escuchar sólo arias de “bel canto” que se quede que casa. Ésta es una producción para un público inteligente”.

Yo no sé qué opinará mi colega sevillano, el también famoso barbero Fígaro, más de ópera que yo, que me conformo con la zarzuela como todo el mundo sabe, pero el señor Mortier, al que no conozco y, a lo peor, tampoco me conoce él, me ha creado un problema.

Como “zarzuelófilo” he aguantado y aguanto el desdén, cuando no el desprecio, de los operófilos, con paciencia y estoicismo, que digan a los cuatro vientos que lo suyo es mejor que lo mío. Yo soy así, un sufridor nato, tanto que en cuanto nazca el Atlético de Madrid me haré socio. Pero el señor Motier me ha creado un problema: ¿Soy yo, el rapabarbas más famoso de los madriles, inteligente? En consecuencia, ¿debo ir a la Plaza de Oriente o es mejor que me quede en mi Lavapiés del alma, para no ponerme en ridículo?

“Conócete a tí mismo”, dijo el filósofo. ¡Y se quedó tan ancho! ¡Como si fuera sencillo!

Estaba solo en mi establecimiento esperando clientela. Me senté y volví a leer la frase del belga (¿Qué les hemos hecho parta que tanto nos machaquen?). ¿Realmente había dicho eso el señor Mortier o era cosa del periodista? ¿Mostraba el director del teatro ser inteligente diciendo esto? ¿Cómo iba a reaccionar el personal? ¿Llenarían las gentes el local, puesto que nadie se considera ignorante? ¿Cuántos no se atreverían a presentarse en el Real por si alguien les miraba con extrañeza? ¿Había dicho la frase con intención de repetir la historia del rey desnudo? ¿Era todo esto una simple –y hábil forma de hacer publicidad?: todo el mundo iría al teatropara no ser colocado en el pelotón de los torpes.

La pregunta se convirtió en recurrente: ¿Soy yo uno de los inteligentes? ¿De los elegidos? ¿De los señalados? ¿De los capaces de entender un espectáculo como el de Macbeth? ¿Saldría reforzada mi inteligencia por asistir a experiencia tan selecta, reservada sólo a unos pocos? ¿Me sentiría burlado si el espectáculo era un bodrio?

Estas y otras preguntas se agolpaban en mi cabeza. Dejé el periódico, incliné mi cuerpo hace adelante llevando la mano diestra a la sien derecha (esta es la actitud que debe adoptar todo filósofo que se precie cuando se dispone a pensar). Ordené las preguntas en mi cabeza, las clasifiqué, las prioricé y dejé algunas para otra ocasión. Y busque la respuesta de otras pocas. Estas son las conclusiones.

Si el señor Mortier no dijo exactamente lo que se le atribuye, sino que fue interpretación o invención del periodista, lo dirá pronto, lo desmentirá pronto y pedirá perdón a quién se haya podido sentir ofendido. ¡Quien sabe! Hasta puede que el director artístico se atreva a salir al balcón del Real de la Plaza de Oriente a recibir los aplausos o los pitos del gentío (Como cunda el ejemplo del Sr. Mourinho, apañados vamos. Se van a poner las plazas hasta los topes).

Si el Sr. Mortier busca llenar las arcas del Real, removiendo la sesera de los operófilos, seguramente lo conseguirá. Si esto es lo que busca, puede dar un paso más: poner a la puerta del teatro un par de fotógrafos, como en los parques temáticos o de atracciones, que facilitarán con su fotografía el testimonio de inteligencia de quien aparezca en ella.

Puede que al Sr. Mortier le ocurra lo que a aquel nefasto cómico que, tras una deleznable función de La vida es sueño, silbada de forma inmisericorde por el público, no dudó el exclamar:

-         ¡Qué brutos! ¡Silban a Calderón!

Más reflexiones hubieran salido de mi mollera si no hubiera entrado por la puerta, interrumpiendo mi ejercicio filosófico, el señor Antonio, el carnicero, que venía a arreglarse porque el sábado se casa su hija y es el padrino.

Le hice esperar un segundo. El que necesité para tomar una grave decisión: No iré al Teatro Real. Me importa una higa si el señor Mortier me considera inteligente o no.

Yo podría poner en la puerta de mi barbería: No se admiten calvos, ni alopécicos funcionales, ni donantes de pelo. Pero no lo hago; al contrario, les atiendo con amabilidad, les doy conversación y les coloco los pocos cabellos que les quedan de la mejor manera posible, para que vayan por este mundo y entre esta sociedad con un mínimo de dignidad. No hago milagros, ya lo sé, que eso sólo lo hace Dios y alguno de sus santos, pero soy, para mis congéneres, educado, discreto y caritativo. Y de paso, no pierdo unos ochavos que nunca vienen mal cuando los clientes ven el buen resultado de mi esmero y dedicación, dejando su cabeza atractiva y hasta resultona. ¿Ustedes creen que esto es ser inteligente?.

Lamparilla


(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).

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